Evaluación psicológica focalizada
Entrevista, un instrumento específico, corrección, informe breve y devolución.
Psicología · Pensamiento · Escritura
Soy Joshua Pottstock, psicólogo clínico y perito forense. Acompaño procesos humanos y escribo sobre aquello que nos cuesta mirar.
Presencial en Curicó · Atención online
01 Sobre mí
Joshua Pottstock
Psicólogo clínico · Perito forense
Me interesa lo que nos ocurre. Y también las historias que construimos para explicárnoslo.
Mi trabajo reúne la práctica clínica, la evaluación forense, la docencia y la escritura. Distintas formas de acercarme a una misma pregunta: cómo comprender la experiencia humana sin reducirla a una etiqueta.
La psicología, la neurociencia, la filosofía y la historia son parte de esa conversación. Me importa escuchar la biografía, los vínculos y el contexto de cada persona, y dar espacio a las preguntas difíciles.
02 Consulta y trabajo profesional
Cada consulta tiene una historia.
Cada intervención, un propósito.
Evaluación psicológica en materias de familia y penal. Un trabajo orientado a responder la pregunta pericial con claridad, fundamento y responsabilidad profesional.
Charlas, talleres y formación en psicología, salud mental y pensamiento crítico. Conocimiento riguroso, expresado en un lenguaje que permita conversar.
03 Modelo M.N.E. · Creación propia
Comprender la experiencia humana desde el cuerpo, la historia personal y la búsqueda de sentido.
Creé el M.N.E. a partir de más de dos décadas de práctica clínica y forense. En ese recorrido encontré un límite recurrente: ningún enfoque, por sí solo, alcanzaba a explicar la complejidad de una persona.
De esa necesidad nació el Modelo de Neuroanálisis Existencial: una propuesta propia para integrar biología, biografía y libertad sin reducir una dimensión a otra.
El cuerpo y el sistema nervioso forman parte de cómo vivimos. Esta dimensión considera las condiciones biológicas que hacen posible, limitan y modulan nuestra experiencia.
Los vínculos, el aprendizaje, las pérdidas y el contexto participan en nuestra manera de interpretar lo que ocurre. Comprender a alguien exige escuchar su historia.
La posibilidad de elegir tiene límites reales. El modelo explora el margen de reflexión y acción de cada persona, considerando su salud, sus recursos y sus apoyos.
La propuesta parte de describir lo que la persona vive, atender a sus condiciones corporales y reconstruir su biografía y su contexto. Desde ahí, busca distinguir lo que hoy está dado de aquello sobre lo que existe algún margen de acción.
La pregunta por el sentido acompaña ese recorrido: qué importa, qué conflictos se repiten y qué posibilidades merece la pena explorar. La comprensión clínica, la reflexión existencial y la integración de ambas orientan esta formulación.
Sus hipótesis y su utilidad clínica requieren contraste y revisión. Diferenciar la evidencia científica, la interpretación clínica y la reflexión filosófica es parte del desarrollo del M.N.E.
Propuesta teórica y clínica en desarrollo. El M.N.E. es un marco integrativo propio; su eficacia como modelo requiere evaluación empírica.
04 Libros y escritura
Psicología fuera del consultorioUn ensayo de Joshua Pottstock
¿Y si Chile fuera el paciente?
En proceso editorial · Pontara
Chile entra al consultorio. A través de sesiones imaginarias, este ensayo explora nuestras contradicciones, heridas históricas y formas de defendernos de aquello que nos incomoda.
Psicología, historia, humor e ironía se encuentran en una conversación sobre la identidad y la vida en común.
El diálogo clínico es el recurso narrativo: Chile ocupa el lugar de un paciente metafórico y sus relatos abren preguntas sobre la memoria, las relaciones de poder y nuestras maneras de convivir.
Una mirada crítica y afectuosa sobre un país que reconoce algunas de sus heridas y todavía discute cómo nombrar otras.
En mi escritorio Proyectos en desarrollo
Un proyecto de libro sobre autoconocimiento desde la psicología y la evidencia científica.
Una exploración de nuestras creencias y de lo difícil que puede ser cuestionarlas.
05 Cursos & Guías Prácticas
Herramientas de psicología para la vida cotidiana. Guías digitales completas para aprender y consultar a tu ritmo.
SIN DEVOLUCIONES · Curso 01
Una guía práctica para comprender lo que ocurre, acompañar las emociones y poner límites sin gritar ni humillar.
Para madres, padres, abuelos y cuidadores de niños de 8 meses a 4 años.
Incluye ejemplos, ejercicios, preguntas frecuentes, orientaciones para situaciones especiales y anexos integrados en un único documento.
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Guía psicoeducativa 100% digital. Un documento completo para leer en tu celular, tablet o computador.

SIN DEVOLUCIONES · Curso 02
Cómo acompañar a nuestros hijos en el mundo digital, establecer límites saludables y recuperar la convivencia familiar sin convertir cada día en una batalla.
De la primera infancia a la adolescencia.
Incluye ejemplos, actividades, preguntas frecuentes y recursos de consulta integrados en un único documento.
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SIN DEVOLUCIONES · Curso 03
Autolesiones, pensamientos suicidas y crisis emocionales en la preadolescencia y adolescencia.
Para acompañar a nuestros hijos en la preadolescencia y adolescencia.
Incluye ejemplos, actividades, preguntas frecuentes y recursos de consulta integrados en un único documento.
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SIN DEVOLUCIONES · Curso 04
Cuando el amor, la comunicación y el deseo comienzan a perderse. Una guía-taller para comprender las crisis de pareja, reconstruir los vínculos cuando es posible y tomar decisiones conscientes cuando ya no lo es.
Para personas adultas. Puedes leerla individualmente; las actividades compartidas son voluntarias.
Incluye ejemplos ficticios, preguntas de reflexión, ejercicios prácticos, fichas de trabajo imprimibles y bibliografía en un único documento.
Material psicoeducativo: no reemplaza la atención profesional ni garantiza reparar una relación. Si existe miedo, control o violencia, prioriza apoyo seguro e individualizado y evita realizar actividades conjuntas.
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06 Cuaderno semanal
Un espacio para acercar la ciencia a la vida cotidiana y detenernos a pensar.
Divulgación científica · Pensamientos · Ensayos
Acogimiento · Vínculos · Cuidado
¿Quién acoge a las familias de acogida?
Hay una pregunta que quisiera poner sobre la mesa de cada programa, de cada autoridad y de cada institución que convoca a una familia a acoger a un niño:
Cuando esa familia se quiebra, ¿quién la sostiene?
Lo pregunto porque me ha correspondido sostener parte de ese dolor como psicólogo. Porque he acompañado a familias de acogida devastadas ante la posibilidad de separarse de quienes han cuidado como hijos. Y porque he visto a esas familias buscarse entre sí para orientarse, darse ánimo y encontrar una mano en medio de tribunales, trámites y procedimientos que siguen avanzando mientras ellas intentan no derrumbarse.
Una familia ayudando a otra a comprender el camino. Personas que también tienen miedo intentando tranquilizar a quienes están tan asustadas como ellas. Quienes necesitan apoyo convirtiéndose, a su vez, en el apoyo disponible.
Esa solidaridad merece admiración. Que tenga que suplir un acompañamiento insuficiente merece una denuncia.
Porque una red de familias puede ser un refugio extraordinario. Pero no debiera convertirse en la oficina de orientación, la contención emocional y la respuesta de emergencia que las instituciones no alcanzan a ofrecer.
Si las familias deben sostenerse unas a otras para no caer, además de celebrar su fortaleza tenemos que mirar el vacío que están cubriendo.
A una familia de acogida no se le pide solamente una cama.
Se le pide que haga espacio en su vida. Que cambie horarios, que reorganice su casa, que incluya a un niño en la mesa y en las preocupaciones de todos los días. Que sea paciente cuando confiar cueste. Que no se retire ante el miedo. Que pueda cuidar sin recibir inmediatamente cariño a cambio. Que ayude a reparar, con presencia y perseverancia, algo que ella no rompió.
Se le pide amor. Así, sin eufemismos.
Amor que se vuelva comida, abrigo, escucha, límites, compañía. Amor capaz de seguir estando cuando cuidar resulte difícil. Amor que no aparezca solamente en la fotografía de una campaña.
Y luego, cuando esa entrega duele, ¿vamos a explicarles otra vez que era temporal?
¿De verdad esa es toda la profundidad de nuestra respuesta?
Ellos no necesitan que les expliquemos mejor el calendario. Necesitan que alguien se quede a su lado cuando el calendario les rompe el corazón.
Por supuesto que conocen la temporalidad. Precisamente ahí está la dimensión de lo que hacen: aceptar cuidar sabiendo que quizá tendrán que despedirse. Abrir la puerta aun sabiendo que, algún día, podría doler verla cerrarse.
No son personas que necesariamente confundieron las instrucciones. Son personas que hicieron lo que les pedimos: involucrarse.
El problema es la contradicción de exigir una entrega profunda y después sorprendernos por la profundidad de la herida.
Al parecer, faltaría incorporar una cláusula al acogimiento: amar intensamente, pero sin que después se note demasiado.
Muy práctico. Habría que conseguir corazones que funcionen con fecha de vencimiento.
Hablamos de madres y padres «temporales» con una facilidad que me inquieta. Entiendo la distinción jurídica y el carácter de la medida. Pero en la vida afectiva, ¿qué significa exactamente ese adjetivo?
¿Que la preocupación termina el día del egreso? ¿Que el recuerdo aprende a obedecer resoluciones? ¿Que una persona puede desactivar, mediante un trámite, la disposición a cuidar que construyó durante tantas jornadas?
El ejercicio cotidiano de ese cuidado puede terminar. La responsabilidad legal puede cambiar. El amor y la preocupación no necesariamente reciben la noticia al mismo tiempo.
Hay quienes han vivido ese vínculo como una forma profunda de maternidad o paternidad. Reconocerlo no convierte al niño en propiedad de nadie. Permite reconocer a los adultos que también existen detrás del nombre del programa.
Porque ahí hay personas. Hay parejas, hijos, hermanos, abuelos; una vida familiar que ha hecho espacio y que también puede necesitar ayuda para atravesar una separación.
Para comprenderlo, imaginemos lo más sencillo: preparar una porción de más por costumbre. Encontrar un dibujo al ordenar un cajón. Llegar a una hora del día que antes tenía una rutina compartida y descubrir que ahora tiene silencio.
Ninguna de esas escenas necesita convertirse en un argumento para impedir una decisión protectora. Pero todas merecen algo más humano que un recordatorio administrativo.
Una despedida puede ser necesaria y, aun así, doler de una manera que nadie debiera atravesar sin apoyo.
Este es el centro de mi denuncia. Incluso cuando una transición está bien evaluada y beneficia al niño, queda una responsabilidad hacia quienes lo cuidaron. El sufrimiento de esas familias no pierde legitimidad porque la decisión haya sido correcta.
Y cuando, además, existen preocupaciones fundadas sobre la seguridad del niño, sobre sus vínculos o sobre el modo de realizar una transición, al dolor de la separación se agrega la angustia de preguntarse si estará protegido. Esa preocupación debe evaluarse. Descartarla de antemano como incapacidad de aceptar la temporalidad sería una forma demasiado cómoda de dejar de escuchar.
Mi experiencia clínica no permite afirmar cuántas familias viven esto en Chile. Sí me permite decir que no estoy hablando de una inquietud puramente teórica. Me ha correspondido acompañarla. Y no considero aceptable que su respuesta dependa de cuánto pueda pagar una familia, de los contactos que consiga o de encontrar a otra que ya haya aprendido a sobrevivir al procedimiento.
No debería hacer falta convertirse en especialista en trámites para conseguir que alguien explique con claridad lo que está ocurriendo. Tampoco demostrar una serenidad impecable para merecer ser escuchado.
Sería un requisito curioso: atenderemos su sufrimiento cuando logre expresarlo sin parecer que está sufriendo.
No desconozco a los profesionales que se comprometen, acompañan y hacen cuanto pueden con recursos limitados. Precisamente por respeto a ese trabajo, el cuidado no puede quedar entregado a la suerte de encontrar a alguien dispuesto a hacer más de lo que su institución garantiza.
La buena voluntad de un profesional no reemplaza una respuesta organizada. La solidaridad de las familias tampoco.
El marco de protección chileno ofrece razones para exigir algo mejor: la Ley 21.302 incluye entre los sujetos de atención a las familias de acogida, en los casos que correspondan; la Ley 21.430 contempla apoyo a las familias y cuidadores, y exige considerar el bienestar emocional y la estabilidad del niño. Las Directrices de Naciones Unidas promueven transiciones evaluadas, graduales y acompañadas. Estas disposiciones no permiten dar por acreditada una infracción en cada caso ni garantizan, por sí solas, una prestación específica después del egreso. Sí hacen legítima una pregunta: ¿cómo se transforma esa orientación al cuidado en apoyo efectivo para quienes acogen?
Porque de poco sirve reconocer a las familias en el diseño si después no encuentran a quién acudir cuando se rompe su vida cotidiana.
Necesitamos acompañamiento emocional accesible durante el acogimiento y después de la separación; orientación comprensible ante los procedimientos; un profesional de referencia; espacios para elaborar el duelo y apoyo para los demás integrantes del hogar cuando lo requieran.
Necesitamos que pedir ayuda no se confunda con estar incapacitado para cuidar. Que expresar dolor no se transforme automáticamente en sospecha. Que las redes entre familias sean apoyadas por las instituciones y no utilizadas, por acción u omisión, como su reemplazo gratuito.
Y necesitamos que nadie tenga que exhibir su intimidad en público para conseguir una respuesta que debió estar disponible en privado.
Como psicólogo clínico y perito forense, me importa que este dolor tenga un lugar en la conversación pública. En mi trabajo, escuchar a estas familias significa reconocer su sufrimiento y ayudarlas a atravesarlo sin cargar al niño con la obligación de consolarlas. Significa también hacer preguntas incómodas sobre las condiciones en que les estamos pidiendo cuidar.
No quiero que quienes han dado tanto terminen creyendo que su dolor es una vergüenza, una debilidad o la prueba de que no debieron involucrarse.
A esas madres y a esos padres quiero decirles: comprender que el acogimiento puede terminar no los obliga a dejar de sentir. Pueden apoyar una decisión beneficiosa para el niño y necesitar ayuda para sobrevivir emocionalmente a la despedida. Ambas cosas caben en la misma persona.
No tienen que fingir que fue poco para demostrar que entendieron su tarea.
Su cuidado merece reconocimiento. Su dolor merece compañía.
Nos gusta celebrar a quienes abren sus hogares. Encontramos palabras hermosas para convocarlos: solidaridad, entrega, esperanza. Sabemos pedirles que sean refugio.
Quisiera que fuéramos igual de elocuentes al explicar quién será refugio para ellos.
Porque una sociedad que les pide amar tiene que estar dispuesta a acompañar las consecuencias de ese amor.
La nobleza de una tarea no vuelve inagotable a quien la realiza.
Cuando llegue la despedida, cuando aparezca el miedo, cuando una madre o un padre necesiten preguntar por quinta vez lo que todavía no consiguen asimilar, la respuesta no puede consistir en hacerles sentir que ahora molestan.
Ya habrá tiempo para archivar.
Primero habrá que asegurarse de que alguien los acompañe.
A quienes hicieron lugar para un niño, no podemos responderles que ya no hay lugar para su dolor.
Psicología · Ética · Pensamiento crítico
Cuando la ayuda se convierte en otra forma de daño
Hay una forma particularmente cruel de hacer daño a una persona: convencerla de que está siendo ayudada mientras se profundiza su sufrimiento.
No siempre ocurre mediante violencia explícita. A veces sucede en una consulta confortable, entre palabras amables, promesas de sanación y explicaciones pronunciadas con una seguridad que nadie se ha tomado el trabajo de justificar.
Y eso debería preocuparnos.
Porque cuando una persona busca atención psicológica no está comprando una opinión. Está depositando su confianza, su intimidad y, muchas veces, las últimas esperanzas que le quedan para comprender lo que le ocurre.
Esa vulnerabilidad nos impone una responsabilidad ética enorme.
Sin embargo, vivimos una época en la que resulta demasiado fácil disfrazar una creencia personal de conocimiento psicológico, una interpretación arbitraria de diagnóstico y una experiencia emocional intensa de intervención terapéutica eficaz.
Las redes sociales están llenas de recomendaciones que suenan convincentes. Pero el problema comienza cuando esa misma lógica entra en la práctica clínica, se reviste de autoridad profesional y empieza a determinar las decisiones sobre la vida de un paciente.
No estoy hablando solamente de frases motivacionales.
Estoy hablando de personas que reciben explicaciones sin sustento sobre su sufrimiento, de tratamientos que no responden a sus necesidades y de intervenciones que, lejos de ayudarlas, pueden culpabilizarlas, confundirlas o retrasar el acceso a una atención adecuada.
Y frente a eso, creo que guardar silencio no es prudencia profesional.
Es una forma de indiferencia.
Imaginemos a una persona que lleva meses sintiéndose profundamente triste. Ha perdido interés por aquello que antes disfrutaba, duerme mal, experimenta dificultades para concentrarse y comienza a deteriorarse su funcionamiento cotidiano.
Decide pedir ayuda.
¿Y qué recibe?
Quizás alguien le dice que necesita elevar su vibración, sanar su linaje, perdonar a sus padres o dejar de atraer pensamientos negativos.
Es posible que algunas de esas expresiones tengan significado espiritual o personal para determinadas personas. Ese no es el problema.
El problema aparece cuando una creencia se presenta como explicación clínica suficiente y sustituye la evaluación que el paciente necesita.
Una depresión puede requerir una evaluación psicológica y médica cuidadosa, una intervención psicoterapéutica pertinente, apoyo psicosocial y, dependiendo del caso, tratamiento farmacológico.
Ninguna explicación única puede sustituir ese proceso.
Y si durante semanas o meses convencemos a alguien de que su sufrimiento persiste porque no ha aprendido a perdonar, porque no se quiere lo suficiente o porque mantiene pensamientos incorrectos, corremos el riesgo de agregar un nuevo problema a los que ya tiene.
La culpa.
Ahora no solamente está sufriendo.
También cree que es responsable de no conseguir mejorarse.
Hemos convertido una necesidad de atención en una supuesta falla moral del paciente.
Una conversación puede ser reconfortante sin constituir una psicoterapia.
Una experiencia emocional intensa puede ser significativa sin producir una mejoría clínica.
Un ejercicio puede resultar revelador sin que eso demuestre su eficacia para tratar un trastorno mental.
Y una persona puede salir llorando de una sesión sin que esas lágrimas sean prueba de que el tratamiento está funcionando.
Este último punto me parece especialmente importante.
Existe una peligrosa fascinación por las intervenciones que producen efectos inmediatos y espectaculares: revivir experiencias dolorosas, expresar emociones intensas, romper simbólicamente con el pasado o alcanzar una supuesta revelación sobre el origen de todos nuestros problemas.
Pero la intensidad emocional no es un indicador suficiente de eficacia terapéutica.
Hay intervenciones que requieren un trabajo emocional exigente y pueden resultar beneficiosas cuando están indicadas, se aplican correctamente y cuentan con las condiciones clínicas necesarias.
Eso es muy distinto de provocar sufrimiento y asumir que, porque la persona lloró, necesariamente sanó.
Un ejemplo concreto lo encontramos en las recomendaciones del National Institute for Health and Care Excellence (NICE), del Reino Unido.
Sus guías sobre trastorno de estrés postraumático desaconsejan el debriefing psicológico centrado en el trauma como intervención para prevenir o tratar este trastorno. La revisión de evidencia no encontró beneficios suficientes y observó señales de posibles resultados desfavorables.
No significa que hablar de un trauma sea perjudicial.
Significa que la manera, el momento, los objetivos y las condiciones de una intervención importan.
La psicología no puede seguir confundiendo impacto emocional con eficacia clínica.
Hay otra práctica que me preocupa profundamente.
La facilidad con la que algunas interpretaciones psicológicas se transforman en verdades absolutas.
«Tu problema es tu madre».
«Todo lo que te ocurre se debe a un trauma infantil».
«Tu relación es narcisista».
«Si no recuerdas lo que te pasó, es porque lo tienes reprimido».
«Tu hijo se comporta así porque tú no sabes poner límites».
Detrás de afirmaciones como estas puede existir una hipótesis que merezca explorarse. Pero una hipótesis no es una conclusión, y mucho menos una sentencia sobre la vida de alguien.
La conducta humana es multicausal.
Intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares, históricos, culturales y sociales. También influyen enfermedades médicas, medicamentos, consumo de sustancias, experiencias traumáticas, condiciones del neurodesarrollo y circunstancias actuales.
Reducir esa complejidad a una explicación única puede resultar extraordinariamente seductor.
Al paciente le ofrece una respuesta.
Al terapeuta le ofrece la apariencia de haber comprendido.
Pero comprender no es imponer una historia convincente.
Comprender exige investigar, contrastar, considerar alternativas y reconocer lo que todavía no sabemos.
Desde la psicología clínica y, especialmente, desde el ámbito forense, hay una responsabilidad adicional: jamás debemos confundir el significado subjetivo que una persona atribuye a sus experiencias con la demostración objetiva de un hecho.
Una intervención no puede transformarse en una fábrica de certezas.
Mucho menos cuando esas certezas pueden modificar relaciones familiares, influir en decisiones judiciales o determinar la manera en que alguien reconstruye su identidad.
Pensemos en otra situación.
Una persona asiste durante meses a un proceso terapéutico. Sus síntomas no disminuyen. Su funcionamiento cotidiano empeora. Sus relaciones se deterioran y comienza a sentirse cada vez más desesperanzada.
¿Qué debería hacer un profesional responsable?
Revisar la evaluación inicial, analizar la respuesta al tratamiento, explorar factores no identificados, valorar posibles efectos adversos, reconsiderar la estrategia y, cuando corresponda, solicitar una interconsulta o derivación.
Sin embargo, también existe otra posibilidad.
Que toda ausencia de mejoría sea interpretada como resistencia, falta de compromiso, escasa conciencia de enfermedad o incapacidad del paciente para aceptar determinadas verdades.
Y ahí aparece una trampa peligrosa.
Si el paciente mejora, el método funciona.
Si el paciente empeora, el paciente se resiste.
Si cuestiona al terapeuta, está evitando enfrentar sus problemas.
Si decide abandonar el tratamiento, confirma su supuesta resistencia al cambio.
Una intervención que siempre tiene razón, independientemente de sus resultados, se vuelve prácticamente imposible de evaluar.
Quiero ser cuidadoso: no toda terapia que fracasa constituye negligencia. No toda falta de mejoría implica que el profesional haya actuado incorrectamente. Las condiciones clínicas pueden ser complejas y los resultados nunca están completamente garantizados.
Pero sí considero éticamente cuestionable utilizar cualquier explicación para impedir que examinemos la posibilidad de estar equivocados.
La psicoterapia no debería exigir obediencia intelectual.
Debería permitir la revisión crítica de sus propios procedimientos.
También debemos hablar del mercado.
La salud mental se ha convertido en un tema de enorme visibilidad. Y eso tiene aspectos positivos: permite hablar de sufrimiento emocional, reducir prejuicios y facilitar que más personas reconozcan cuándo necesitan ayuda.
Pero la misma visibilidad ha creado oportunidades comerciales para quienes ofrecen respuestas extraordinariamente simples a problemas extraordinariamente complejos.
Promesas de sanación definitiva.
Métodos supuestamente revolucionarios.
Intervenciones que aseguran resolver en unas pocas sesiones conflictos que ni siquiera han sido evaluados.
Explicaciones universales que sirven indistintamente para la ansiedad, la depresión, los problemas de pareja, las dificultades de crianza o el trauma.
El problema no está en cobrar por un servicio profesional. Los profesionales debemos vivir de nuestro trabajo.
El problema aparece cuando el interés comercial desplaza el deber de informar con veracidad, reconocer limitaciones y orientar hacia la atención que corresponde.
No todo acompañamiento emocional tiene que ser psicoterapia. Existen espacios de apoyo, prácticas contemplativas, experiencias espirituales y actividades de desarrollo personal que pueden tener valor para quienes participan en ellas.
Pero tener valor personal no autoriza a presentarlas como tratamientos eficaces para cualquier condición clínica.
Y cuando una intervención no cuenta con evidencia suficiente para una determinada indicación, lo responsable es reconocerlo.
La ausencia de evidencia concluyente no demuestra automáticamente que una práctica sea dañina.
Pero tampoco autoriza a prometer beneficios que no han sido demostrados.
Este es, probablemente, el aspecto que considero más grave.
Cuando hablamos de intervenciones inadecuadas solemos concentrarnos en aquello que hicieron incorrectamente.
Pero pocas veces nos preguntamos qué dejó de recibir el paciente mientras tanto.
¿Qué ocurrió con la persona que necesitaba una evaluación de riesgo y recibió solamente frases de pensamiento positivo?
¿Qué ocurrió con el adolescente cuyas dificultades fueron atribuidas exclusivamente a falta de disciplina, sin explorar otras explicaciones clínicas o del desarrollo?
¿Qué ocurrió con quien necesitaba atención especializada por trauma y pasó meses sometiéndose a procedimientos que no respondían a su condición?
¿Qué ocurrió con el paciente que fue persuadido de abandonar un tratamiento médico indicado sin una evaluación responsable y coordinada?
Las preguntas son hipotéticas, pero ilustran un problema clínico concreto: el costo de oportunidad terapéutico.
El tiempo dedicado a una intervención inadecuada también puede ser tiempo perdido para acceder a otra más apropiada.
Y en salud mental, el tiempo puede importar enormemente.
No porque todos los casos sean urgentes.
Sino porque algunos sí lo son.
Una evaluación deficiente puede pasar por alto riesgo suicida, síntomas psicóticos, deterioro funcional importante, violencia, consumo problemático de sustancias o condiciones médicas que requieren atención.
Frente a esas posibilidades, la obligación profesional no consiste en defender una escuela psicológica ni en demostrar que nuestro método sirve para todo.
Consiste en reconocer qué necesita realmente esa persona.
Incluso cuando la respuesta significa derivarla a otro profesional.
Incluso cuando supone trabajar en conjunto con psiquiatría, neurología, medicina general u otras disciplinas.
Incluso cuando tenemos que aceptar que nuestras herramientas no son suficientes.
En Chile, este debate no depende exclusivamente de opiniones personales.
La Ley N.º 20.584 reconoce el derecho de las personas a recibir información oportuna y comprensible sobre su estado de salud, alternativas de tratamiento y riesgos asociados, además de regular el consentimiento informado.
La Ley N.º 21.331, referida a los derechos de las personas en la atención de salud mental, refuerza la autonomía, la información sobre beneficios y riesgos, y la participación en las decisiones terapéuticas.
Por su parte, el Código de Ética del Colegio de Psicólogas y Psicólogos de Chile establece un marco de responsabilidad para nuestro ejercicio profesional.
Estas disposiciones no eliminan las diferencias entre modelos clínicos ni resuelven todos los debates científicos.
Pero sí nos obligan a reconocer algo fundamental:
La autoridad profesional no constituye una autorización para intervenir arbitrariamente sobre la vida de otra persona.
Un paciente tiene derecho a saber qué tipo de atención recibe, cuáles son sus objetivos, qué alternativas existen y qué limitaciones presenta el procedimiento propuesto.
También debe poder expresar desacuerdos, solicitar aclaraciones y participar en las decisiones que afectan su salud.
La confianza terapéutica no significa renunciar al pensamiento crítico.
Y el consentimiento informado no debería reducirse a una firma archivada en una ficha clínica.
Es un proceso de comunicación y respeto.
Sería demasiado cómodo terminar este artículo acusando únicamente a los falsos gurús, a los vendedores de soluciones milagrosas o a quienes utilizan terminología psicológica sin formación suficiente.
Pero creo que tenemos que ir más lejos.
Porque los títulos universitarios tampoco nos inmunizan contra el error, la arrogancia, el sesgo de confirmación o la práctica inadecuada.
Un profesional puede estar legítimamente formado y, aun así, utilizar procedimientos de manera incorrecta.
Puede llevar años trabajando y dejar de actualizarse.
Puede identificarse tanto con una teoría que termine interpretando todos los problemas desde ella.
Puede confundir experiencia con evidencia.
Puede escuchar lo que confirma sus hipótesis y pasar por alto todo aquello que las contradice.
Y también puede enamorarse tanto de su propia capacidad interpretativa que termine escuchándose más a sí mismo que al paciente.
La peor consecuencia de creer que tenemos todas las respuestas es dejar de formular las preguntas necesarias.
No propongo reducir la psicología a un único modelo terapéutico ni convertir la evidencia científica en una nueva forma de dogmatismo.
Existen distintas tradiciones psicológicas, diferentes niveles de respaldo empírico y debates científicos legítimos.
Precisamente por eso necesitamos rigor.
La diversidad teórica es compatible con la responsabilidad profesional.
Lo que no resulta justificable es que una preferencia personal sustituya la evaluación clínica, que una explicación sea presentada como incuestionable o que ignoremos sistemáticamente los resultados de nuestras intervenciones.
Y esta exigencia también debe aplicarse a mi propio trabajo.
No basta con defender la ciencia cuando confirma nuestras ideas.
Hay que estar dispuesto a modificar nuestras prácticas cuando la evidencia y la experiencia clínica responsable nos obligan a hacerlo.
Quisiera terminar dirigiéndome a quienes han buscado ayuda psicológica y han terminado confundidos, culpabilizados o sintiendo que, después de tanto esfuerzo, algo sigue sin encajar.
Que un tratamiento no haya dado los resultados esperados no demuestra que ustedes sean incapaces de mejorar.
Que una explicación profesional no les resulte convincente tampoco significa que estén negando necesariamente una verdad incómoda.
Y que una persona posea un título universitario no transforma automáticamente cada una de sus interpretaciones en una conclusión correcta.
La atención psicológica responsable no promete eliminar todo sufrimiento.
Tampoco puede garantizar resultados.
Pero debe esforzarse por ofrecer evaluaciones cuidadosas, información comprensible, intervenciones pertinentes, seguimiento de resultados y reconocimiento de sus propios límites.
Debe permitir preguntas.
Debe tolerar desacuerdos.
Debe reconocer cuando algo no está funcionando.
Y, por encima de todo, debe comprender que la persona que consulta no está allí para confirmar la teoría de su terapeuta.
El terapeuta está allí para trabajar al servicio de las necesidades de esa persona.
Por eso quiero dejar una pregunta abierta a nuestra profesión:
¿Cuánto daño estamos dispuestos a tolerar antes de reconocer que no todo lo que llamamos terapia merece ese nombre?
No necesitamos profesionales infalibles.
Necesitamos profesionales honestos, competentes, reflexivos y capaces de reconocer sus errores.
Porque la salud mental no puede seguir siendo un espacio donde cualquier afirmación emocionalmente atractiva se confunda con conocimiento clínico.
Y mucho menos un lugar donde la vulnerabilidad de alguien se convierta en una oportunidad para venderle certezas que nadie puede demostrar.
No todo lo que emociona, sana.
No todo lo que consuela, ayuda.
No todo lo que se presenta como terapia constituye un tratamiento adecuado.
Y no toda persona que afirma querer ayudarte está necesariamente en condiciones de hacerlo.
Cuando una mentira se disfraza de terapia, el problema no es solamente que alguien crea algo falso.
El verdadero problema es todo lo que puede perder mientras espera una ayuda que nunca llega.
Joshua Pottstock
Psicólogo Clínico · Perito Forense · Escritor
Tu Bienestar: Mi Brújula, Mi Compromiso, Mi Misión.
Referencias para profundizar
Vínculos · Cuidado · Humanidad
Cuanto más conozco a las personas, más amo a los perros
Hay una frase que, mientras más tiempo pasa, parece adquirir un significado más profundo:
«Cuanto más conozco a las personas, más amo a los perros».
Quizás la hemos escuchado tantas veces que dejamos de preguntarnos qué significa realmente.
A primera vista parece una declaración de desencanto hacia la humanidad. Una confesión de alguien que ha conocido demasiado bien nuestras contradicciones, nuestras traiciones y nuestra extraordinaria capacidad para hacernos daño.
Pero me pregunto si detrás de esas palabras no existe algo mucho más profundo.
Quizás no hablan solamente de nuestra decepción con las personas.
Quizás hablan de aquello que los animales nos ofrecen y que nosotros, en ocasiones, hemos olvidado cómo entregar.
Hay algo profundamente conmovedor en llegar a casa después de un día difícil y encontrarnos con un perro que se alegra sinceramente de nuestra presencia.
No necesita saber cuánto dinero ganamos.
No le interesa nuestro prestigio.
No conoce nuestros títulos, nuestros fracasos ni nuestras aspiraciones.
Simplemente reconoce a alguien significativo para él.
Y se alegra.
Mientras nosotros dedicamos buena parte de nuestra existencia a demostrar cuánto valemos, un perro puede recibirnos con una alegría que no depende de ninguno de esos indicadores sociales.
Quizás allí comienza una de sus grandes enseñanzas.
Que no todo lo verdaderamente importante necesita ser conquistado.
Que a veces basta con estar presentes.
Que acompañar no siempre exige palabras.
Que una tarde cualquiera, un paseo o unos minutos compartidos pueden adquirir un valor extraordinario para quien los recibe.
Lo que para nosotros puede ser un momento insignificante, para ellos puede convertirse en la parte más importante del día.
Y me pregunto cuántas veces hemos estado demasiado ocupados para reconocerlo.
Cuántas veces postergamos una caricia.
Cuántas veces dejamos para mañana aquel paseo.
Cuántas veces no comprendimos que, mientras nosotros teníamos tantas cosas que hacer, para aquel animal nuestra presencia era una parte fundamental de su mundo.
Pero existe una contradicción que me resulta particularmente dolorosa.
Somos los seres humanos quienes escribimos sobre la compasión, levantamos monumentos a la lealtad y pronunciamos grandes discursos sobre el amor.
Y somos también capaces de abandonar a un animal al costado de una carretera.
De encadenarlo durante años.
De golpearlo.
De privarlo de alimento, refugio o atención.
De deshacernos de él porque envejeció, enfermó o simplemente dejó de resultar conveniente.
Pensemos por un momento en un perro que sube confiado al automóvil de la persona con la que ha vivido.
Quizás cree que van a pasear.
El vehículo se detiene.
Lo hacen bajar.
Y el automóvil se aleja.
Él no conoce las explicaciones humanas que se han utilizado para justificar aquella decisión.
No comprende nuestras excusas.
Solamente enfrenta la separación de una figura conocida en un lugar extraño.
Y entonces resulta inevitable preguntarse:
¿Cómo puede una especie que se enorgullece tanto de su inteligencia ser capaz de semejante indiferencia ante el sufrimiento de un ser que depende de ella?
Hay perros que, incluso después de experiencias de maltrato, continúan buscando la cercanía humana.
Solemos interpretar ese comportamiento diciendo que nos perdonan.
Pero debemos ser cuidadosos.
Que un animal busque contacto no significa que el daño haya desaparecido. El miedo, la negligencia y el maltrato pueden dejar consecuencias profundas.
No deberíamos admirar su capacidad de soportar el sufrimiento.
Deberíamos avergonzarnos de nuestra capacidad para provocarlo.
La confianza de un animal no es una demostración de nuestra superioridad. Es una responsabilidad que jamás deberíamos traicionar.
Hay otra enseñanza que llega de una manera mucho más silenciosa.
La del tiempo.
Porque cuando un cachorro llega a nuestra vida, generalmente no pensamos en su muerte.
Pensamos en jugar.
En educarlo.
En verlo crecer.
En todas las experiencias que compartiremos.
Pero los años pasan.
Un día deja de correr con la misma energía.
Otro día tarda más en levantarse.
Su hocico comienza a llenarse de canas.
Sus pasos se vuelven lentos.
Y llega un momento en que aquel animal que corría desesperadamente a recibirnos necesita que nosotros vayamos a buscarlo.
Es entonces cuando el amor adquiere otro significado.
Ya no se trata solamente de disfrutar de su compañía.
Se trata de cuidarlo.
De acompañarlo cuando caminar le duele.
De tener paciencia cuando necesita más tiempo.
De entender que su fragilidad no disminuye su valor.
Y finalmente llega ese día.
El que sabíamos que algún día llegaría, pero para el cual nunca estuvimos verdaderamente preparados.
La despedida.
Después viene el regreso a casa.
La puerta se abre.
Y nadie corre a recibirnos.
Su cama permanece en el mismo lugar.
Su correa continúa colgada.
Y allí descubrimos algo devastador:
El silencio también puede tener la forma exacta de alguien que ya no está.
De pronto extrañamos aquello que antes nos molestaba.
Los ladridos.
Los pelos sobre la ropa.
Los juguetes en el suelo.
Los paseos cuando hacía frío.
Y daríamos cualquier cosa por volver a vivir uno de esos momentos que, mientras ocurrían, nos parecían tan ordinarios.
A veces alguien, intentando consolarnos, dice:
«Era solamente un perro».
Solamente un perro.
Como si el valor de un vínculo dependiera exclusivamente de la especie.
Como si el sufrimiento necesitara autorización para ser legítimo.
Pero el duelo no funciona así.
Podemos sufrir profundamente la pérdida de un animal porque hemos construido con él una historia afectiva.
Porque estuvo presente durante años importantes.
Porque formó parte de nuestras rutinas, de nuestro hogar y de nuestra manera de habitar el mundo.
Y porque, cuando desaparece, algo de aquella vida compartida desaparece también.
No era solamente un perro. Era una presencia irrepetible en nuestra historia.
Quisiera poder responder afirmativamente.
Pero sería demasiado sencillo.
Tener un perro no convierte automáticamente a nadie en una buena persona.
Amar a un animal tampoco significa que seamos incapaces de hacer daño.
La bondad no se adquiere por el simple hecho de sentir cariño.
Se construye mediante nuestras decisiones.
Sin embargo, convivir con un animal puede ofrecernos oportunidades extraordinarias para practicar aquello que decimos valorar.
La paciencia.
La responsabilidad.
La constancia.
La capacidad de reconocer necesidades distintas de las nuestras.
La disposición a cuidar sin exigir una recompensa.
Quizás esa sea una de las enseñanzas más valiosas.
Comprender que amar no significa poseer.
Que cuidar no significa dominar.
Y que la confianza de otro ser vivo jamás debería convertirse en una oportunidad para ejercer poder sobre su vulnerabilidad.
Porque los animales no existen para satisfacer todas nuestras carencias emocionales.
Tienen necesidades propias.
Merecen bienestar, seguridad y respeto.
No necesitan que los convirtamos en seres humanos.
Necesitan que nosotros seamos capaces de actuar con humanidad.
Vivimos en una sociedad donde hablamos permanentemente de amor.
Lo buscamos.
Lo celebramos.
Lo exigimos.
Pero también somos capaces de destruirlo mediante la indiferencia, el egoísmo y la incapacidad de reconocer al otro.
Admiramos la lealtad, pero no siempre somos leales.
Pedimos comprensión, pero muchas veces no escuchamos.
Deseamos sentirnos importantes para alguien, mientras olvidamos demostrarles a otros que también lo son para nosotros.
Y entonces volvemos a mirar a nuestros perros.
A su alegría al encontrarnos.
A la tranquilidad con que descansan cuando se sienten seguros.
A la compañía que pueden ofrecernos sin necesidad de grandes explicaciones.
No porque sean seres moralmente perfectos.
Sino porque nuestra relación con ellos puede recordarnos necesidades afectivas profundamente humanas.
Ser reconocidos.
Ser acompañados.
Sentirnos seguros.
Saber que nuestra presencia importa.
Quizás por eso la frase «cuanto más conozco a las personas, más amo a los perros» conmueve a tanta gente.
Pero no quisiera que termináramos utilizándola como una excusa para despreciar a nuestros semejantes.
Preferiría que la convirtiéramos en una pregunta.
Si admiramos tanto la lealtad, ¿por qué no aprendemos a ser más leales?
Si nos conmueve la compañía, ¿por qué no acompañamos mejor?
Si valoramos la ternura, ¿por qué tantas veces nos avergonzamos de demostrarla?
Y si un animal puede hacernos sentir queridos simplemente porque estamos presentes, ¿cuándo fue la última vez que hicimos sentir así a alguien?
Si tienes un perro, quisiera pedirte algo.
Cuando hoy llegues a casa, detente unos segundos.
Míralo.
No como una obligación más.
No como parte de tu rutina.
Míralo sabiendo que su existencia, como la nuestra, es limitada.
Que llegará un día en que sus pasos ya no se escucharán.
Que habrá una última caminata.
Una última caricia.
Una última vez que te mire a los ojos.
Y que probablemente no sabrás que es la última hasta que ya haya pasado.
Mientras tanto, tienes algo extraordinario.
La oportunidad de cuidarlo.
De acompañarlo.
De convertir su existencia en una vida digna de ser vivida.
Y si ya perdiste a uno, quizás puedas encontrar cierto consuelo al comprender que su ausencia duele precisamente porque su presencia tuvo significado.
No todos los amores necesitan palabras para dejarnos huellas.
No todos los maestros necesitan hablar.
Y no todas las grandes lecciones llegan de quienes consideramos superiores a nosotros.
A veces llegan caminando en cuatro patas.
A veces duermen junto a nuestra cama.
A veces se alegran simplemente porque volvimos a casa.
Y cuando se marchan, nos dejan enfrentados a una pregunta que puede acompañarnos durante toda la vida:
¿Fuimos capaces de darles una vida tan buena como aquella que ellos nos ayudaron a vivir?
Quizás al final no importe tanto cuántas personas admiraron nuestras palabras.
Quizás importe mucho más cuántos seres vivieron mejor porque estuvimos presentes en sus vidas.
Porque ellos pasan buena parte de su existencia aprendiendo a vivir en nuestro mundo.
Y nosotros podemos pasar toda una vida sin aprender a cuidar el suyo.
Tal vez la mayor enseñanza que nos dejan los perros sea invitarnos a vivir de tal manera que su confianza en nosotros nunca haya sido un error.
Joshua Pottstock T.
Psicólogo Clínico · Perito Forense · Escritor
Tu Bienestar: Mi Brújula, Mi Compromiso, Mi Misión.
Psicología social · Historia · Futuro
Psicología de una especie capaz de imaginar, provocar y evitar su propio final
Desde hace miles de años, el ser humano habla del fin de los tiempos.
Cambian los nombres, cambian los dioses, cambian las culturas, pero algo permanece.
Diluvios. Juicios finales. Grandes guerras. Fuego. Destrucción. Caída de imperios. Purificación. Renacimiento.
El cristianismo habla del Apocalipsis. El judaísmo desarrolló diversas expectativas escatológicas. El islam posee su propia concepción del fin y del Juicio. El zoroastrismo imaginó una confrontación final entre el bien y el mal. El hinduismo concibe enormes ciclos de creación, decadencia y renovación. También encontramos relatos de destrucción y transformación del mundo en numerosas tradiciones antiguas.
¿Por qué?
¿Por qué culturas que jamás tuvieron contacto entre ellas imaginaron una y otra vez que su mundo podía terminar?
Quizás porque la pregunta por el Apocalipsis habla menos del futuro que de nosotros mismos.
El ser humano posee una condición psicológica extraordinaria y bastante incómoda: no solamente muere, sino que sabe que va a morir.
La Terror Management Theory, desarrollada por Jeff Greenberg, Sheldon Solomon y Tom Pyszczynski a partir de las ideas de Ernest Becker, propone que la conciencia de nuestra propia mortalidad participa en la construcción y defensa de sistemas culturales de significado.
Religiones, valores, identidades, naciones, familias, tradiciones e instituciones nos permiten sentir que pertenecemos a algo que existía antes de nosotros y que continuará después.
Yo desapareceré.
Pero “nosotros” continuaremos.
La cultura se convierte así, al menos parcialmente, en una forma de continuidad simbólica frente a nuestra finitud.
Pero entonces aparece una pregunta todavía más perturbadora:
¿qué ocurre cuando también puede desaparecer el “nosotros”?
Porque no solamente mueren las personas.
También desaparecen pueblos.
Caen imperios.
Se extinguen lenguas.
Cambian religiones.
Son destruidas ciudades.
Se fragmentan civilizaciones.
Y eso significa que la experiencia humana contiene innumerables pequeños apocalipsis.
Cuando observamos la historia desde la distancia utilizamos expresiones bastante ordenadas:
“Cayó el imperio.”
“La ciudad fue conquistada.”
“La civilización desapareció.”
“Hubo una epidemia.”
“Un terremoto destruyó la zona.”
Pero imaginemos estar dentro.
Para alguien cuya ciudad acaba de ser conquistada, cuyo templo ha sido destruido, cuya familia ha muerto, cuya autoridad política ha desaparecido y cuya forma completa de vida ha dejado de existir, aquello probablemente no se experimenta como una transición histórica.
Se experimenta como:
“Mi mundo terminó.”
Y aquí aparece algo fundamental.
El Apocalipsis depende de la escala desde la cual lo observamos.
Para una persona, su propia muerte es el final de toda experiencia.
Para una familia, una tragedia puede dividir la vida entre un antes y un después.
Para una comunidad, una catástrofe puede destruir el mundo cotidiano.
Para una civilización, una conquista o un colapso pueden cerrar siglos de historia.
Y para nuestra especie, la extinción sería literalmente el último final humano.
Quizás por eso la imaginación apocalíptica resulta tan persistente.
Porque, aunque jamás hayamos presenciado “el fin del mundo”, tenemos abundante evidencia de que los mundos terminan.
Existe además otra dimensión psicológica.
La mente humana necesita construir significado.
Frente a una catástrofe no preguntamos solamente:
“¿Qué ocurrió?”
También preguntamos:
“¿Por qué ocurrió?”
“¿Qué significa?”
“¿Quién tiene la culpa?”
“¿Qué sucederá después?”
Imagine una sociedad antigua enfrentando guerras, enfermedades, hambre, terremotos e invasiones sin poseer nuestra comprensión científica actual.
La idea de que todo aquello forma parte de una secuencia puede resultar psicológicamente menos insoportable que aceptar que simplemente vivimos dentro de un universo donde algunas catástrofes ocurren sin obedecer a ninguna narrativa moral.
La escatología convierte el caos en historia:
orden → decadencia → crisis → ruptura → juicio → transformación → renovación.
Entonces la tragedia deja de ser simplemente una sucesión absurda de acontecimientos.
Tiene comienzo.
Tiene causa.
Tiene sentido.
Y, sobre todo, tiene desenlace.
Por eso resulta tan importante observar algo que solemos olvidar: las grandes narraciones escatológicas rara vez terminan simplemente con la destrucción.
Después del fin aparece algo.
Resurrección.
Juicio.
Renovación.
Restauración.
Una nueva era.
Otro ciclo.
La narración apocalíptica contiene simultáneamente nuestro miedo a desaparecer y nuestra necesidad de creer que el significado sobrevivirá a la destrucción.
Durante miles de años, el gran final estaba principalmente fuera del control humano.
Los dioses podían destruirnos.
Un diluvio podía destruirnos.
El fuego celestial podía destruirnos.
La naturaleza podía destruirnos.
Pero el siglo XX introdujo algo radicalmente diferente.
Nosotros también adquirimos esa capacidad.
El 6 de agosto de 1945 Hiroshima fue destruida por una bomba atómica.
Tres días después ocurrió Nagasaki.
Desde ese momento el Apocalipsis dejó de pertenecer exclusivamente a la religión y a la mitología.
Entró en la ingeniería.
En enero de 2026, el Stockholm International Peace Research Institute estimó que nueve Estados poseían aproximadamente 12.187 armas nucleares. Unas 4.012 estaban desplegadas y algo más de 2.100 se encontraban en alta alerta operativa sobre misiles balísticos. SIPRI también ha advertido sobre la modernización de los arsenales, el debilitamiento de mecanismos de control y los riesgos derivados de la escalada y los errores de cálculo.
Y una guerra nuclear no tendría consecuencias únicamente allí donde explotaran las bombas.
Modelos publicados en Nature Food han estudiado cómo el humo generado por incendios urbanos masivos podría alcanzar la atmósfera, reducir la radiación solar, alterar el clima y disminuir profundamente la producción mundial de alimentos. En los escenarios más extremos estudiados, las consecuencias potenciales serían de miles de millones de muertes por hambre.
Son modelos científicos, no profecías.
No dicen que aquello vaya a suceder.
Demuestran algo diferente y suficientemente inquietante:
sabemos que existen mecanismos físicos mediante los cuales podría suceder.
Y esta diferencia es fundamental.
Hablar de estas cosas exige evitar otro error.
Que algo pueda ocurrir no significa que vaya a ocurrir.
Y que una consecuencia sea extraordinariamente grave tampoco permite afirmar que su probabilidad sea alta.
Un meteorito capaz de producir una catástrofe global es físicamente posible. Precisamente por eso existen sistemas de vigilancia planetaria que rastrean objetos cercanos a la Tierra y calculan continuamente sus probabilidades de impacto.
Una guerra nuclear también es posible.
Una pandemia devastadora es posible.
Distintos desarrollos tecnológicos pueden introducir nuevos riesgos.
Pero convertir automáticamente “posible” en “inminente” sería sustituir ciencia por miedo.
La pregunta interesante es otra:
¿qué le ocurre psicológicamente a una especie cuando descubre que su propia extinción es concebible?
Aquí aparece, quizás, nuestra contradicción más inquietante.
Nuestra capacidad tecnológica ha avanzado a una velocidad extraordinaria.
Pero debajo de satélites, computadores, reactores nucleares y sistemas de inteligencia artificial continúa existiendo un cerebro profundamente influido por una historia evolutiva mucho más antigua.
Seguimos formando grupos.
Defendemos territorios.
Construimos identidades.
Distinguimos entre “nosotros” y “ellos”.
Buscamos estatus.
Respondemos a amenazas.
Competimos por recursos.
Podemos sentir miedo, ira, humillación, venganza y necesidad de dominio.
Nada de aquello es nuevo.
Lo nuevo es la escala de las herramientas que colocamos en manos de esos mismos seres humanos.
El problema no requiere imaginar que nuestra especie posee un misterioso “gen de la autodestrucción”.
Existe una explicación quizá más inquietante.
Podemos destruirnos sin que nadie quiera explícitamente destruir a la humanidad.
Un Estado busca protegerse y aumenta sus armas.
Otro interpreta aquello como una amenaza y hace lo mismo.
El primero vuelve a aumentar las suyas.
Cada participante considera racional su decisión.
El resultado colectivo puede ser un sistema extraordinariamente peligroso.
Es una paradoja fundamental:
conductas racionales a pequeña escala pueden producir resultados irracionales a escala global.
No necesitamos desear el Apocalipsis.
Basta con perder el control de los mecanismos capaces de producirlo.
Nuestra cultura está saturada de apocalipsis.
Zombis.
Meteoritos.
Pandemias.
Guerras nucleares.
Máquinas fuera de control.
Colapsos ambientales.
Civilizaciones destruidas.
Distopías.
Podríamos interpretar esa fascinación simplemente como entretenimiento.
Pero quizás esté ocurriendo algo más profundo.
Quizás contamos una y otra vez la misma historia porque nuestra especie está intentando representar una posibilidad que ahora sabe real:
¿qué ocurriría si nuestro poder creciera más rápido que nuestra capacidad para administrarlo?
Entonces la antigua pregunta religiosa cambia.
Ya no es solamente:
“¿Cuándo llegará el fin de los tiempos?”
Ahora debemos preguntarnos:
“¿Qué haremos con una especie que tiene suficiente inteligencia para construir herramientas capaces de destruirla, pero que todavía debe aprender a convivir consigo misma?”
Y aquí aparece también la otra mitad de la historia.
Porque somos la especie que construyó la bomba.
Pero también somos la especie que creó tratados para limitarla.
Somos capaces de destruir ecosistemas y también de estudiarlos y protegerlos.
Podemos fabricar armas y desarrollar medicina.
Podemos iniciar guerras y construir instituciones destinadas a impedirlas.
Podemos detectar asteroides y desarrollar tecnología para intentar desviarlos.
Es decir, no somos simplemente autores potenciales de nuestra destrucción.
También somos capaces de reconocerla y tratar de evitarla.
Quizás ésa sea nuestra condición más extraordinaria:
somos simultáneamente el animal que puede imaginar su propio final, construir algunos de los mecanismos capaces de producirlo y desarrollar conciencia suficiente para intentar impedirlo.
Por eso yo no necesito creer necesariamente en un Apocalipsis religioso para tomar seriamente la idea del fin.
Tampoco necesito creer que sea inminente.
Me basta con reconocer algo mucho más sencillo:
ninguna civilización ha sido eterna. Ningún orden humano posee garantía de permanencia. Y hoy nuestra capacidad tecnológica ha convertido algunos antiguos temores míticos en problemas reales de gestión del riesgo.
Quizás, entonces, la pregunta fundamental de la escatología moderna ya no sea:
¿cómo terminará el mundo?
Sino algo muchísimo más incómodo:
¿seremos capaces de madurar como especie antes de que nuestro poder tecnológico supere definitivamente nuestra capacidad para administrarlo?
Porque tal vez el verdadero Armagedón nunca haya sido una batalla entre dioses y demonios.
Quizás siempre haya sido una batalla entre las distintas posibilidades del ser humano.
Ps. Joshua Pottstock
Fuentes: SIPRI · Arsenales nucleares en 2026 y Xia y colaboradores · Nature Food (2022).
Existencia · Vínculos · Sociedad
Una licuadora reparada una y otra vez, una sociedad que aprendió a desechar y la pregunta que persiste: ¿estamos viviendo nuestra propia existencia o limitándonos a responder lo que se espera de nosotros?
Hoy pensaba en mi infancia, en aquellos días en la población Clara Estrella de Santiago. Recordaba cómo las cosas parecían duraderas y constantes. Cuando la licuadora se estropeaba, mi abuelo, con una paciencia de antaño, la reparaba una y otra vez. Es más: creo que esa licuadora todavía funciona.
En una sociedad de consumo como la nuestra, la existencia corre el riesgo de transformarse en un artículo desechable. Vivimos intentando definirnos en un ambiente donde todo parece urgente, pero cada vez menos cosas alcanzan a ser importantes.
Si una licuadora deja de funcionar, la reemplazamos. A veces trasladamos esa misma lógica a los vínculos, los proyectos y los problemas: si incomodan, los abandonamos; si exigen paciencia, buscamos una versión nueva. Hemos dejado de reparar muchas cosas, y los viejos servicios técnicos se parecen a depósitos de objetos que alguien prometió retirar y terminó olvidando.
La metáfora tiene un límite necesario. No toda relación debe repararse. Existen vínculos dañinos o violentos de los que es legítimo y, a veces, indispensable alejarse. Reparar no puede significar tolerar abuso, renunciar a los propios límites ni permanecer a cualquier precio. Pero tampoco todo conflicto vuelve desechable a una persona.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿es esta la dinámica desde la que queremos definir nuestra existencia? ¿Estamos destinados a sentirnos reemplazables, rodeados de gente y, al mismo tiempo, profundamente solos?
La cultura de lo inmediato puede contribuir a esa soledad, pero no explica por sí sola la depresión ni los trastornos del ánimo. El sufrimiento psicológico tiene dimensiones biológicas, biográficas, sociales y materiales. Reducirlo a una única causa sería repetir precisamente aquello que intento discutir: tratar una vida compleja como si cupiera en una respuesta rápida.
Bajo este alero, la definición de nuestra existencia se vuelve un desafío cotidiano. Para pensarlo propongo una distinción personal, más clínica y metafórica que filosóficamente definitiva: una cosa es simplemente ser, cumpliendo funciones y respondiendo a lo que el entorno exige; otra es existir, reconociéndose como participante de la propia vida.
¿Cuándo fue la última vez que hizo algo por usted y para usted? ¿Cuándo tomó una decisión que no nacía únicamente del deber, la culpa o la expectativa ajena? Si la respuesta queda demasiado lejos, quizá ha estado sosteniendo con responsabilidad a todos los demás, pero ha encontrado poco espacio para escucharse.
No existimos aislados. Somos también a través de los otros: de los vínculos que nos dieron lenguaje, afecto, heridas, historia y pertenencia. Pero una vida completamente entregada a responder expectativas ajenas termina perdiendo contacto con su propio centro. Necesitamos a los demás sin desaparecer dentro de ellos.
Al llegar al mundo recibimos la vida y una capacidad de decidir que nunca es absoluta. Nuestra libertad está condicionada por la biología, la biografía, las oportunidades materiales y las relaciones de poder. Aun así, dentro de esos límites suele quedar algún margen: pedir ayuda, poner un límite, revisar una creencia, reparar un daño o escoger un rumbo distinto.
El equilibrio entre ser con otros y existir desde uno mismo vuelve insoportable —y a la vez profundamente humana— esta búsqueda. No podemos vivir solo para nosotros ni únicamente para satisfacer lo que se espera. La tarea consiste en encontrar una forma de pertenecer sin borrarnos y de elegir sin negar las condiciones reales de nuestra vida.
Dejemos, entonces, de tratarnos como objetos desechables. Aprendamos a distinguir lo que merece reparación de aquello que necesita terminar; a conversar antes de abandonar; a reconocer cuándo el miedo nos impide vincularnos y cuándo, por el contrario, nos está advirtiendo que debemos protegernos.
Tal vez sanar algunos dolores emocionales implique algo más que suprimir síntomas. Puede exigir una autodefinición: dejar de desecharse, recuperar un margen de decisión y comenzar a transformarse, con otros y desde uno mismo, en arquitecto de su propio ser.
La búsqueda continúa.
El título dialoga con La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Las ideas y conclusiones de este ensayo pertenecen al autor.
Tiempo · Sentido · Vida cotidiana
Una reflexión sobre el tiempo que medimos, lo que aplazamos y los días que también cuentan cuando cuesta atravesarlos.
Imaginemos una vida de ochenta años. Si multiplicamos esa cifra por 365 y dejamos fuera los días adicionales de los años bisiestos, obtenemos 29.200 días. Es un cálculo ilustrativo: algunas personas vivirán más, otras menos. Nadie conoce de antemano la duración de su propia vida.
Dicho en años, ochenta parece una cantidad generosa. Dicho en días, algo cambia. En ese número tienen que caber la infancia, los amores, las despedidas, el trabajo, las vacaciones y todas esas mañanas que empiezan con la certeza de que ya vamos atrasados. También cabe este día.
Hemos aprendido a medir el tiempo con precisión. Sabemos cuánto demora un viaje, cuándo comienza una reunión y cuántos minutos perdimos esperando que alguien nos atendiera. Nos cuesta más reconocer qué estamos haciendo con los años.
Una conversación puede terminar demasiado pronto. La espera de una noticia puede hacerse interminable. El reloj registra los minutos; nosotros atravesamos la ilusión, el miedo, el aburrimiento o la compañía. Por eso, al recordar nuestra vida, aparecen personas y escenas antes que cantidades.
Sin embargo, buena parte de nuestros días se organiza alrededor de lo urgente. Respondemos mensajes, resolvemos problemas, pagamos cuentas y cumplimos compromisos. El trabajo y las obligaciones sostienen nuestra vida. La dificultad aparece cuando todo lo demás debe esperar a que terminemos con ellos.
Y casi nunca terminamos.
La visita quedará para cuando haya menos trabajo. La conversación pendiente, para cuando estemos más tranquilos. El descanso, para cuando todo esté resuelto. Así vamos pidiéndole al futuro que guarde lo que hoy seguimos aplazando, como si pudiéramos reservar una parte de la vida y retirarla intacta más adelante.
En una vida donde todo reclama urgencia, lo importante puede pasar años esperando.
Pero convertir esta cuenta en otra exigencia sería bastante cruel. Ya soportamos suficientes mandatos sobre cómo deberíamos vivir como para añadir la obligación de aprovechar de manera impecable cada uno de nuestros días. Hasta el descanso ha empezado a justificarse por lo productivos que seremos después.
Hay días de enfermedad, de duelo, de cansancio. Días en que levantarse, preparar algo de comer o pedir compañía requiere un esfuerzo que desde afuera nadie alcanza a ver. Evaluarlos únicamente por sus logros sería desconocer lo que costó atravesarlos. Esos días también pertenecen a nuestra vida.
Descansar merece un lugar propio. Quedarse un rato en silencio, dormir, mirar por la ventana o dejar algo pendiente puede ser justamente lo que necesitamos. No hace falta convertir cada pausa en una inversión ni cada experiencia en una lección.
También sería injusto olvidar que el tiempo disponible se reparte de manera desigual. Quien trabaja una doble jornada, cuida a un familiar o llega con dificultad a fin de mes tiene un margen distinto para elegir. Hablar de una vida con sentido exige mirar las condiciones en que esa vida ocurre.
Desde ahí, la pregunta se vuelve más honesta: dentro de lo que hoy me es posible, ¿qué merece mi atención? A veces será compartir una sobremesa. Otras, poner un límite, pedir ayuda o cumplir una responsabilidad difícil. Lo importante también puede ser incómodo y agotador.
Algo parecido ocurre con nuestra relación con el pasado y el futuro. Recordar puede ayudarnos a comprender lo que nos pasó. Planificar permite cuidar lo que vendrá. Ambos tienen un lugar necesario; la dificultad aparece cuando las cuentas pendientes y las anticipaciones ocupan toda la conversación, incluso con quien tenemos sentado enfrente.
Podemos estar en la mesa mientras seguimos discutiendo mentalmente con alguien que ya se fue. Podemos escuchar a un hijo mientras ensayamos una preocupación del día siguiente. Volver la atención a ese encuentro, cuando lo advertimos, es una forma concreta de cuidar el tiempo compartido.
Tal vez podríamos mirar nuestros días también de esa manera: por las conversaciones que sostuvimos, las veces que escuchamos sin apresurarnos a responder, el cariño que alcanzamos a expresar. Por ese café que dejamos enfriar porque lo que alguien nos contaba merecía quedarse un rato más.
Habrá días en que lo más valioso sea reparar una relación. En otros, alejarse de ella. Habrá momentos para hacer planes y momentos para aceptar que todavía no sabemos cómo seguir. Una vida con sentido puede contener todas esas experiencias, incluso las que preferiríamos ahorrarnos.
La cifra del título busca darle una medida imaginable a nuestra finitud. Los días que vendrán son inciertos. Este, en cambio, ya está ocurriendo: con sus obligaciones, sus límites y ese pequeño margen desde el que todavía podemos elegir algo.
Quizá podamos empezar por una conversación que importa, un descanso que necesitamos o una decisión a la que llevamos demasiado tiempo negándole atención. Algo suficientemente concreto como para encontrarle un lugar en este día.
29.200 días y descontando.
07 Divulgación
Psicología, cultura y vida cotidiana.
También fuera de la consulta.
Atlas visual · Experiencia interactiva
Un viaje al territorio más complejo que conocemos: el cerebro humano. Desde la señal que atraviesa una neurona hasta las redes que sostienen la memoria, la emoción y la conciencia, este atlas explora el lugar donde la materia se vuelve experiencia y la biología entra en diálogo con nuestra historia.
Explorar el atlas
Atlas interactivo · 16 capítulos
Publicación actual · Divulgación científica y salud pública
¿Cómo estará Chile en cinco, diez o veinte años si seguimos así?
La duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC volvió a encender una alarma: el 18,5% de la población urbana adulta presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental.
Prevenir cuesta. No prevenir también. La pregunta es cuánto nos va a costar llegar tarde.
Escenarios, no predicciones. Los horizontes 2031, 2036 y 2046 son una reflexión del autor sobre consecuencias posibles; no son proyecciones cuantitativas del estudio.
Artículo relacionado: Las campañas terminan… El sufrimiento NO.Y la pregunta ya no es solamente cómo estamos hoy.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿CÓMO ESTARÁ CHILE EN 5, 10 O 20 AÑOS SI SEGUIMOS ASÍ?
La duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC volvió a encender una alarma.
El 18,5% de la población urbana adulta presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental.
Es la cifra más alta de los últimos cuatro años y representa un aumento de 5,8 puntos porcentuales respecto de abril de 2025.
Síntomas moderados o severos de depresión: 16,2%.
Síntomas moderados o severos de ansiedad: 17,9%.
Insomnio moderado o severo: 14,3%.
Alta percepción de soledad: 21,9%.
Y solo alrededor de un 36% declara contar con un apoyo social alto.
No se trata de una mala medición aislada.
En abril de 2025 el indicador general marcaba 12,7%, la cifra más baja desde 2020.
En poco más de un año, cinco indicadores distintos empeoraron simultáneamente, tanto en hombres como en mujeres.
Pero existe un dato todavía más preocupante:
el 61% de quienes presentan indicadores generales de problemas de salud mental NO considera necesario consultar a un profesional.
Personas que sufren, se deterioran y se adaptan progresivamente a funcionar mal…
sin siquiera pensar que necesitan ayuda.
¿Y quienes sí reconocen que necesitan atención?
Entre ellos, un 54,1% identifica barreras asociadas al costo, la falta de horas o la disponibilidad de atención.
Aquí aparece la paradoja:
entre quienes accedieron a tratamiento durante el último año, el 73,8% declaró haber mejorado.
Tenemos sufrimiento.
Tenemos tratamientos que ayudan.
Pero demasiadas personas nunca llegan a ellos.
Hace un tiempo publiqué:
“LAS CAMPAÑAS TERMINAN. EL SUFRIMIENTO NO.”
Ahí preguntábamos cuánto está dispuesto Chile a invertir en salud mental.
Hoy la pregunta es otra:
¿CUÁNTO NOS VA A COSTAR NO HACERLO?
Prevenir cuesta dinero.
Contratar profesionales cuesta dinero.
Financiar psicoterapia cuesta dinero.
Fortalecer la atención primaria cuesta dinero.
Detectar tempranamente cuesta dinero.
Pero enfermarse también cuesta.
Y cuando llegamos tarde, suele costar mucho más.
Los trastornos mentales continúan siendo la principal causa diagnóstica de licencias médicas en Chile.
En un contexto de mayor fiscalización y control, las licencias asociadas a trastornos mentales disminuyeron un 32,4% entre enero y mayo de 2026 respecto del mismo período de 2025.
Era necesario combatir el fraude y el mal uso del sistema.
Pero hay un dato que obliga a mirar más allá.
A julio de 2026, los trastornos mentales seguían representando el 28,2% de todas las licencias médicas emitidas.
Y mientras las licencias disminuían, los indicadores de ansiedad, depresión, insomnio y malestar psicológico en la población aumentaban.
MENOS LICENCIAS NO SIGNIFICA NECESARIAMENTE MENOS SUFRIMIENTO.
También puede significar que muchas personas que están mal continúan trabajando.
Agotadas.
Con insomnio.
Con ansiedad.
Con depresión.
Con dificultades para concentrarse.
Con menor tolerancia a la frustración.
Tomando decisiones importantes mientras intentan simplemente sobrevivir al día.
Eso se llama:
PRESENTISMO.
Y también cuesta.
Cuesta productividad.
Cuesta errores.
Cuesta accidentes.
Cuesta relaciones laborales.
Cuesta creatividad.
Cuesta calidad de vida.
Hagamos ahora un ejercicio.
No una profecía.
No una predicción exacta.
UN ESCENARIO.
¿Qué podría ocurrir si esta tendencia se mantiene durante los próximos veinte años?
Si los actuales niveles de depresión, ansiedad, insomnio y soledad continúan aumentando, probablemente veremos una presión mucho mayor sobre atención primaria, psicología, psiquiatría y servicios de urgencia.
Más consultas.
Más tratamientos.
Más psicofármacos.
Más personas requiriendo atención durante períodos cada vez más prolongados.
Pero existe otra dimensión.
Porque el sufrimiento psicológico no siempre se expresa diciendo:
“Necesito ayuda”.
A veces se intenta regular de otras maneras.
Alcohol.
Drogas.
Benzodiacepinas utilizadas sin supervisión adecuada.
Conductas impulsivas.
Autolesiones.
Conductas sexuales de riesgo.
No significa que una persona deprimida vaya inevitablemente a consumir drogas.
Ni que una persona ansiosa vaya a desarrollar alcoholismo.
La relación es mucho más compleja.
Pero sabemos que los trastornos mentales, el consumo problemático de sustancias y determinadas conductas de riesgo pueden retroalimentarse.
Y cuando aumentan simultáneamente la ansiedad, la depresión, la soledad y el debilitamiento de las redes de apoyo…
LA VULNERABILIDAD AUMENTA.
En adolescentes la preocupación es todavía mayor.
Problemas de salud mental no tratados pueden coexistir con consumo de sustancias, fracaso escolar, aislamiento, conductas sexuales de riesgo y otras formas disfuncionales de afrontar el malestar.
No hablamos de causalidades simples.
Hablamos de sistemas que comienzan a deteriorarse simultáneamente.
Aquí aparece una palabra mucho más cara:
CRONIFICACIÓN.
Una depresión tratada oportunamente no cuesta lo mismo que una persona que lleva diez años entrando y saliendo del sistema.
Una ansiedad abordada precozmente no tiene el mismo impacto que años de insomnio, benzodiacepinas, licencias laborales y deterioro funcional.
Entonces comienzan a aparecer las comorbilidades.
Depresión y alcohol.
Ansiedad y abuso de medicamentos.
Trastornos mentales y consumo problemático de drogas.
Problemas psicológicos acompañados de enfermedades cardiovasculares, metabólicas, trastornos del sueño o abandono progresivo del autocuidado.
Más consultas.
Más medicamentos.
Más especialistas.
Más licencias.
Más discapacidad.
Más familias sosteniendo a personas que alguna vez pudieron haber recibido ayuda antes.
Y aparece también una de las consecuencias que jamás debemos trivializar:
EL SUICIDIO.
La conducta suicida es multicausal.
Nunca depende de una sola variable.
Pero los trastornos mentales, el consumo problemático de alcohol y otras drogas, el aislamiento social, las crisis económicas, las pérdidas y otros factores pueden aumentar el riesgo en determinadas personas.
Por eso esperar hasta que alguien manifieste una crisis suicida para intervenir en salud mental es llegar extraordinariamente tarde.
LA PREVENCIÓN COMIENZA AÑOS ANTES.
Aquí la discusión cambia.
Porque ya no estaremos mirando únicamente personas.
Estaremos mirando generaciones.
Los adultos que hoy tienen 30 años tendrán 50.
Los que tienen 40 tendrán 60.
Y los niños que hoy observan a sus padres vivir agotados, ansiosos, deprimidos o permanentemente estresados estarán entrando en la adultez.
Entonces aparece la posibilidad de una deuda intergeneracional.
No porque una enfermedad mental se transmita inevitablemente de padres a hijos.
Sino porque los adultos construimos los ambientes psicológicos donde crecen nuestros niños.
Adultos agotados crían.
Adultos ansiosos educan.
Adultos deprimidos trabajan.
Adultos solos construyen comunidades.
Adultos sobrepasados cuidan a otros adultos.
Cuando durante décadas se acumulan enfermedad mental, consumo problemático de sustancias, violencia intrafamiliar, precariedad económica, aislamiento y debilitamiento de las redes de apoyo…
el problema deja de estar solamente dentro de las personas.
SE INSTALA EN EL FUNCIONAMIENTO DE LA SOCIEDAD.
Y entonces pagamos todos.
Con más enfermedad.
Más discapacidad.
Más gasto sanitario.
Más tratamientos prolongados.
Más medicamentos.
Más subsidios.
Más hospitalizaciones.
Más urgencias.
Más familias cuidadoras agotadas.
Menor participación laboral.
Menor productividad.
Y menos calidad de vida.
También cuestan.
La red sanitaria utiliza decenas de psicofármacos:
antidepresivos,
ansiolíticos,
hipnóticos,
antipsicóticos,
estabilizadores del ánimo
y otros medicamentos destinados al tratamiento de trastornos mentales.
MINSAL ha informado una canasta específica de salud mental que contempla 59 productos farmacéuticos correspondientes a 34 principios activos.
Los psicofármacos son herramientas terapéuticas indispensables cuando están correctamente indicados.
El problema no son los medicamentos.
El problema es llegar tan tarde que el tratamiento termina siendo más prolongado, más complejo y más costoso.
Porque mientras más personas enfermen y mientras más cuadros se cronifiquen…
mayor será también la presión farmacológica y asistencial sobre el sistema.
Y existe otra realidad:
una parte importante del costo de la salud mental continúa recayendo directamente sobre los hogares, particularmente a través de medicamentos y atenciones que deben financiarse de manera privada.
Es decir:
YA ESTAMOS PAGANDO.
La pregunta no es si vamos a gastar dinero en salud mental.
La pregunta es:
¿EN QUÉ MOMENTO VAMOS A PAGAR?
Podemos pagar prevención.
O podemos pagar enfermedad.
Podemos pagar intervención temprana.
O podemos pagar cronificación.
Podemos pagar psicoterapia.
O podemos pagar meses de licencia.
Podemos fortalecer salud comunitaria.
O podemos multiplicar consultas de urgencia.
Podemos ayudar a una persona cuando todavía puede sostener su vida.
O podemos intentar reconstruirla cuando ya perdió trabajo, relaciones, salud y años de funcionamiento.
No existe una alternativa en la que simplemente “no gastamos”.
LA CUENTA SIEMPRE LLEGA.
La diferencia está en cuándo decidimos pagarla.
Y mientras más tarde llega la intervención…
más cara puede terminar siendo.
Ahora bien, también debemos reconocer algo.
Chile ha aumentado de manera importante su inversión en salud mental.
En 2024 alcanzó aproximadamente $1,44 billones, cerca de un 4,41% del gasto total en salud, aproximándose a la meta histórica del 5% planteada por la política nacional.
Eso constituye un avance real.
Y precisamente por eso la pregunta ya no puede limitarse a cuánto gastamos.
La pregunta debe ser:
¿ESTAMOS AUMENTANDO NUESTRA CAPACIDAD DE RESPUESTA A LA MISMA VELOCIDAD CON QUE CRECE EL PROBLEMA?
Porque aumentar el presupuesto es importante.
Pero también importa qué hacemos con él.
Qué tan temprano intervenimos.
Cuántas personas alcanzamos.
Cuánto deben esperar.
Cuántas abandonan.
Cuántas llegan cuando su cuadro ya se ha cronificado.
¿Qué significaría avanzar de verdad?
Atención primaria con equipos de salud mental suficientes y tiempos de espera razonables.
Psicoterapia con cobertura real, no solamente nominal.
Detección temprana en colegios.
Prevención en lugares de trabajo.
Intervención sobre riesgos psicosociales laborales.
Programas de alcohol y drogas articulados con salud mental.
Apoyo a familias y cuidadores.
Prevención del suicidio mucho antes de la emergencia.
Educación para reconocer cuándo pedir ayuda.
Porque existe un dato que no debemos olvidar:
EL 73,8% DE QUIENES ACCEDIERON A TRATAMIENTO DECLARÓ HABER MEJORADO.
Eso significa que no estamos frente a un problema inevitable.
Podemos intervenir.
Podemos prevenir.
Podemos tratar.
Podemos educar.
Podemos detectar antes.
Podemos construir redes.
Pero para hacerlo debemos dejar de considerar la salud mental como un lujo que financiamos cuando sobra presupuesto.
Porque la salud mental no desaparece cuando dejamos de invertir en ella.
SOLO CAMBIA DE LUGAR.
Reaparece en las licencias.
En urgencias.
En medicamentos.
En consumo problemático.
En las familias.
En abandono escolar.
En discapacidad.
En presentismo.
En productividad perdida.
Y, en algunos casos, en vidas que nunca podremos recuperar.
LAS CAMPAÑAS TERMINAN.
EL SUFRIMIENTO NO.
Y LA CUENTA TAMPOCO.
PREVENIR CUESTA.
NO PREVENIR TAMBIÉN.
LA DIFERENCIA ES QUE LA SEGUNDA FACTURA PUEDE LLEGAR CON INTERESES.
2031 está a cinco años.
2036, a diez.
2046, a veinte.
La pregunta no es qué ocurrirá inevitablemente.
La pregunta es mucho más importante:
¿QUÉ VAMOS A HACER HOY PARA QUE ESE FUTURO NO OCURRA?
Si estás pasando por un momento difícil o tienes pensamientos suicidas, puedes llamar al *4141, línea de prevención del suicidio del MINSAL, o a Salud Responde al 600 360 7777.
Los indicadores del Termómetro corresponden a población urbana adulta y a instrumentos de tamizaje; no equivalen a diagnósticos clínicos individuales. El 54,1% de barreras de acceso corresponde a quienes reconocieron necesitar atención pero no se atendieron. La mejoría del 73,8% es declarada por quienes accedieron a tratamiento, no una tasa de eficacia de un ensayo clínico.
Los registros de licencias y la encuesta de salud mental corresponden a fuentes y poblaciones distintas. Su comparación no demuestra por sí sola que una disminución de licencias haya causado un aumento del malestar ni permite calcular cuántas personas presentan presentismo.
La estimación de $1,44 billones para 2024 corresponde al gasto total en salud mental, que incluye distintos financiadores; no debe confundirse con una sola partida presupuestaria pública. Los escenarios futuros expresan un argumento preventivo, no un resultado proyectado por estas fuentes.
Si estás pasando por un momento difícil o tienes pensamientos suicidas, puedes llamar al *4141, línea de prevención del suicidio del MINSAL, o a Salud Responde al 600 360 7777.
Ideas para seguir pensando. Abre una publicación para leer su presentación, texto y fuentes.
Chile · Salud mental · 2026
¿Qué dignidad estamos dispuestos a financiar?
Una promesa sobre salud mental debería evaluarse también desde la vida de quien todavía espera.
Ps. Joshua PottstockPsicólogo Clínico y Forense
Publicación anterior · Divulgación científica y opinión
Salud mental, promesas electorales y una pregunta incómoda: ¿qué dignidad estamos dispuestos a financiar?
Recuerdo haber escuchado, en más de una campaña presidencial, promesas sobre salud mental. Terminar con las listas de espera. Fortalecer la atención. Escuchar a las familias. Hacerse cargo de quienes sufren.
Después pasa la tormenta electoral. Y quienes necesitan atención siguen preguntando cuándo les tocará.
Recuerdo haber escuchado, en más de una campaña presidencial, promesas sobre salud mental. Terminar con las listas de espera. Fortalecer la atención. Escuchar a las familias. Hacerse cargo de quienes sufren.
También recuerdo promesas de reducir dietas parlamentarias abultadas y revisar los beneficios de los expresidentes.
Son palabras atractivas para el oído del votante. Especialmente para quien necesita creer que esta vez las cosas van a cambiar.
Después pasa la tormenta electoral.
Las autoridades asumen. Los discursos cambian de escenario. Y quienes necesitan atención siguen preguntando cuándo les tocará.
La campaña termina. El sufrimiento no.
¿Qué significa que, para una persona que sigue sin conseguir ayuda, nada haya cambiado? Significa otra noche difícil, otra jornada intentando funcionar, otra familia sosteniendo una situación que la supera.
Ha habido aumentos presupuestarios. Lo pendiente es que esa mayor inversión se traduzca en cuidados oportunos. Una promesa sobre salud mental debería evaluarse también desde la vida de quien todavía espera.
Me preocupa una política capaz de hablar del sufrimiento con urgencia electoral y responderle después con paciencia administrativa.
DIPRES anunció $186 mil millones para salud mental en el proyecto de Presupuestos 2026, frente a $88 mil millones en 2022. Es un aumento nominal que corresponde reconocer.1
Dividamos el monto de 2026 por los 20.150.948 habitantes proyectados por el INE:2
| Equivalencia ilustrativa por habitante | Monto aproximado |
|---|---|
| Un año | $9.230 |
| Un mes | $769 |
| Un día | $25,29 |
Veinticinco pesos diarios.
La equivalencia dimensiona el monto anunciado; no representa una transferencia individual ni todo el gasto estatal consolidado en salud mental. La pregunta es si los recursos disponibles alcanzan para la respuesta que necesitamos.
Porque declarar que algo es prioritario exige explicar qué atención estamos haciendo posible.
La palabra «prioridad» no contrata profesionales. Tampoco sostiene un tratamiento.
Mientras tanto, el presupuesto inicial del Senado para 2026 asignó $830.578.000 a dietas y asignaciones de expresidentes. Incluye renta y recursos asociados a sus funciones; los gastos de oficinas están sujetos a rendición. No es el ingreso personal de un solo exmandatario.3, 4
Esta partida nos permite preguntar qué otros cuidados equivalen a esa suma.
Tomemos como referencia $20.980 por atención psicológica, valor total del arancel FONASA MLE 2026 de nivel 3. Es el mayor de los tres valores arancelarios; usamos el total, no solamente el copago.5
Para examinar continuidad, propongo un escenario de 24 sesiones por persona, aproximadamente seis meses de atención semanal. Es un supuesto para el cálculo; la duración clínica depende de cada caso.
| Escenario ilustrativo de atención | Cálculo |
|---|---|
| Una sesión, valor arancelario de referencia | $20.980 |
| Veinticuatro sesiones para una persona | $503.520 |
| Equivalencia de los $830.578.000 | 24 sesiones para 1.649 personas |
Mil seiscientas cuarenta y nueve personas.
Veinticuatro sesiones para cada una.
Es una equivalencia arancelaria, no una promesa de tratamientos disponibles: se necesitan profesionales, capacidad asistencial y recursos operativos. Tampoco garantiza recuperación. Pero permite ver oportunidades de cuidado donde habitualmente solo leemos una partida presupuestaria.
Para alguien que necesita atención, la continuidad puede significar un espacio donde trabajar sus dificultades y recibir seguimiento. Algo distinto de una invitación a pedir ayuda seguida de una espera indefinida.
Que esos recursos no alcancen para resolver toda la crisis no vuelve insignificantes sus usos alternativos.
La partida equivale aproximadamente al 0,45% del monto anunciado para salud mental. La crisis exige una inversión mucho mayor. Aun así, sus beneficios merecen una justificación pública que considere también lo que cuesta postergar cuidados.[1,3]
Al 30 de junio de 2026, MINSAL registraba 22.746 interconsultas pendientes en psiquiatría adulta y 12.313 en psiquiatría pediátrica y adolescente. Son registros No GES, no necesariamente personas únicas ni una lista de espera de psicoterapia.6
No podemos intercambiarlos con consultas psicológicas. Podemos reconocer lo que documentan: necesidades de atención especializada todavía pendientes.
Para una familia, esperar puede significar no saber cómo acompañar a un hijo, reorganizar sus responsabilidades o buscar alternativas que no puede pagar. Son ejemplos posibles del desgaste que una cifra administrativa no describe.
En una lista, un adolescente puede ser un registro pendiente. En su casa, es un hijo que necesita ayuda. Una familia puede sostenerlo con tiempo, cuidado y amor. Ninguno sustituye la atención profesional cuando es necesaria.
En el Maule, un estudio publicado en Medwave en 2026 estimó para 2025 una brecha de 36 jornadas completas equivalentes asistenciales de psiquiatría infantil y adolescente. Es un modelo dependiente de supuestos, no un conteo de vacantes ni de psicólogos faltantes.7
La señal regional exige una discusión concreta: ¿qué horas clínicas se financiarán?, ¿dónde?, ¿cómo se asegurará el seguimiento?
SUSESO registró 2.170.209 licencias médicas electrónicas de origen común por trastornos mentales y del comportamiento en 2025: 30,9% del total. Son licencias, no personas. Disminuyeron respecto de 2024; esa variación administrativa no establece por sí sola una mejoría clínica poblacional.8
La gravedad está en la carga de enfermedad y en las necesidades pendientes. No hace falta que cada indicador empeore para exigir una respuesta.
Como psicólogo clínico y perito forense, considero que estamos frente a una crisis de acceso con consecuencias que comprometen la vida cotidiana y el futuro del país. Los trastornos pueden afectar el trabajo, los vínculos y la participación social. Las necesidades de apoyo también alcanzan la educación y las familias.9, 10
No conocemos, con estas cifras, cuántas consecuencias serán atribuibles a las demoras. Esa incertidumbre exige prevenir y evaluar; no autoriza a acostumbrarnos a la espera.
Cuando faltan cuidados, el costo no desaparece del país: se instala en la vida de quienes necesitan ayuda y de quienes intentan sostenerlos.
Tampoco debemos convertir todo malestar en enfermedad. El duelo, la soledad y la angustia merecen apoyo sin un diagnóstico automático. Los cuidados pueden ser psicológicos, farmacológicos, familiares o comunitarios, según cada situación.10
Exigir atención adecuada es parte de esa responsabilidad. También lo es examinar los beneficios que financia el Estado.
Que un beneficio exista en la ley no lo convierte en una prioridad moral indiscutible.
¿Por qué una necesidad de cuidados debe esperar mientras otros beneficios tienen una asignación prevista?
¿Qué exigimos para justificar cada gasto público? ¿Qué plazos, profesionales y seguimiento respaldan las promesas electorales sobre salud mental? ¿Quién responde ante las familias cuando la ayuda continúa pendiente?
La discusión merece llegar a Curicó, al Maule, a nuestros municipios y a quienes nos representan. Merece exigir respuestas que puedan verificarse después de los anuncios.
Si esta reflexión te incomoda, compártela. Conversémosla. Preguntemos por presupuestos, horas de atención y resultados. Transformemos la indignación en una exigencia sostenida.
¿Cuántas elecciones más necesitamos para que pedir ayuda encuentre una respuesta a tiempo?
La salud mental merece una prioridad que sobreviva a las campañas.
Fuentes consultadas el 30 de septiembre de 2026. Artículo de divulgación y opinión. Las preguntas sobre prioridades son valoraciones del autor, no resultados causales de un estudio. La introducción recoge el recuerdo expresado por Joshua; no atribuye promesas específicas a candidatos ni afirma que todo indicador o presupuesto haya permanecido sin cambios.
Cálculos propios y alcance del escenario:
Alcance del artículo: la crítica se dirige a prioridades y resultados de políticas públicas; no atribuye corrupción, ilegalidad ni responsabilidad individual de expresidentes por la crisis. Los ejemplos de familias y personas son ilustraciones, no historias clínicas reales.
Chile · Estudiantes de 15 años
El futuro cognitivo de Chile
Porcentaje bajo el Nivel 2
No mide el valor ni la inteligencia de una persona. Sí advierte sobre competencias fundamentales para seguir aprendiendo y desenvolverse en la vida.
Fuente: OCDE PISA 2025 · Agencia de Calidad de la EducaciónPublicación especial · Septiembre 2026Divulgación científica
Una evaluación no define a una generación. Pero cuando una proporción tan amplia no demuestra competencias básicas, el dato merece algo más que una discusión pasajera.
Hay cifras que deberían incomodarnos más que cualquier discusión partidista. En PISA 2025, el 59% de los estudiantes de 15 años en Chile quedó bajo el Nivel 2 en Matemática; el 38%, en Lectura; y aproximadamente el 37%, en Ciencias Naturales.
Eso no significa que esos jóvenes sean incapaces, que no puedan aprender ni que la prueba mida su inteligencia o su valor personal. Significa que, en esta evaluación, no lograron demostrar las competencias que PISA considera un umbral fundamental para seguir aprendiendo y desenvolverse posteriormente en distintos ámbitos de la vida.
¿Por qué importa la Matemática? Porque no consiste únicamente en memorizar fórmulas. En el Nivel 2, un estudiante puede reconocer cómo representar matemáticamente una situación simple: comparar distancias, interpretar cantidades o convertir precios. Son herramientas que utilizamos para comprender un presupuesto, una deuda, una probabilidad o un riesgo.
¿Por qué importa la Lectura? Porque leer no es solo pronunciar palabras. Supone identificar la idea principal de un texto, encontrar información según criterios y reflexionar sobre su propósito. Sin esa capacidad se vuelve más difícil distinguir evidencia de opinión, reconocer una manipulación o participar de una conversación pública informada.
¿Por qué importan las Ciencias? Porque comprender ciencia no equivale a recitar conceptos. En el umbral básico implica reconocer explicaciones correctas para fenómenos familiares y evaluar, en situaciones sencillas, si una conclusión se sostiene en los datos. Esa competencia afecta cómo interpretamos información sobre salud, ambiente, tecnología y desinformación.
La comparación con PISA 2022 tampoco permite tranquilidad. Entonces, las proporciones bajo el Nivel 2 eran aproximadamente 56% en Matemática, 34% en Lectura y 36% en Ciencias. En 2025 la diferencia descriptiva es de +3, +4 y cerca de +1 punto porcentual, respectivamente. En Ciencias Naturales no se informó una variación significativa del rendimiento.
PISA describe un resultado; no identifica por sí sola una causa. Sería irresponsable usarla para culpar únicamente a estudiantes, familias o docentes. La explicación exige examinar desigualdad, oportunidades de aprendizaje, asistencia, condiciones de aula, formación docente, expectativas, salud mental, uso de recursos digitales y decisiones acumuladas de política educativa.
El desafío no es obtener un puesto más decoroso en una tabla internacional. Es preguntarnos qué libertad real tendrá una generación si una parte importante no recibe las herramientas necesarias para interpretar números, comprender textos y evaluar afirmaciones antes de creerlas.
No necesitamos jóvenes entrenados para repetir respuestas. Necesitamos personas capaces de pensar, revisar una evidencia, reconocer cuando no saben y resistirse a quien intenta convencerlas sin argumentos.
ESPECIAL HALLOWEEN · OCTUBRE Y NOVIEMBRE
Una colección para poner rostro a lo que sentimos y abrir conversaciones que nos acerquen.
Leer la reflexión ↓VIDEO · LA COLECCIÓN
🎃 HAY MONSTRUOS QUE SALEN EN HALLOWEEN. OTROS TIENEN LLAVE DE LA CASA.
Uno aparece cuando apagas la luz y decide revisar tu vida completa. Otro convierte cada conversación en un examen. Está el que te exige ser perfecto y ese que consigue que hasta lo que amabas parezca lejano.
Les pusimos rostro para hablar de esas experiencias que a veces escondemos detrás de un «todo bien».
Porque resulta curioso: nos disfrazamos para mostrar nuestros monstruos una noche al año… y hacemos esfuerzos enormes por ocultar lo que sentimos durante las otras 364.
Esta colección es una invitación a mirarnos con más honestidad y a tratar con más cuidado aquello que cuesta.
💬 Puedes compartirla para abrir una conversación, incluso cuando todavía faltan las palabras.
Joshua Pottstock · Psicólogo Clínico
📍 Atención presencial en Curicó, online y a domicilio.
WhatsApp: +56 9 9297 3909 · joshuapottstock.cl
#Halloween #SaludMental #Psicología #Curicó #JoshuaPottstock
13 IMÁGENES · UNA INVITACIÓN A CONVERSAR
Toca cada afiche para verlo en tamaño completo.

01 / 13
En Halloween buscamos disfraces. Durante el resto del año, algunos usamos el de «estoy bien».
Trabajamos, respondemos mensajes y sonreímos para la foto, mientras por dentro algo nos quita el sueño.
Esta colección les pone rostro a esas experiencias que cuesta explicar. Quizás reconocerlas nos ayude a empezar una conversación pendiente. 🎃

02 / 13
Mi mente tiene un departamento especializado en catástrofes que todavía no ocurren. Trabaja de noche, los domingos y sin autorización.
Una conversación pendiente se convierte en tragedia. Un silencio, en sospecha. Mañana todavía no llega y yo ya estoy intentando sobrevivirlo.
Qué agotador vivir ensayando peligros. Qué necesario encontrar un espacio para hablar de ese miedo.

03 / 13
Cansa sentir dolor. Y cansa todavía más tener que convencer a otros de que lo sientes.
«Pero si te ves bien». Como si el sufrimiento tuviera que venir con un letrero luminoso para merecer atención.
Lo que experimentas merece ser escuchado con respeto. Incluso cuando todavía no encuentras las palabras para explicarlo.

04 / 13
Hay días en que lo más triste es recordar cuánto disfrutabas las cosas que hoy apenas consigues empezar.
La música, las conversaciones, los proyectos… Todo parece quedar lejos.
Y entonces aparece alguien con su extraordinario aporte: «¡Pon de tu parte!».
Quizás podamos empezar con algo más humano: «Te he notado distinto. ¿Cómo estás, de verdad?».

05 / 13
La conversación todavía no empieza y en mi cabeza ya hice el ridículo tres veces.
Reviso lo que voy a decir, cómo voy a sentarme y dónde pondré las manos. Quiero acercarme, pero temo quedar expuesto.
A veces, detrás de alguien que parece distante, hay una persona haciendo un esfuerzo enorme por sentirse a salvo entre los demás.

06 / 13
La vida cambia de escenario sin preguntarte si aprendiste el libreto.
Una separación, una mudanza, un trabajo que termina, una etapa que se cierra. Todo sigue avanzando mientras tú intentas entender dónde quedaste.
Acomodarse a una vida distinta puede llevar tiempo. También mereces compañía mientras encuentras cómo habitarla.

07 / 13
Estoy cansado, pero no consigo descansar. Quiero detenerme, pero mi cabeza sigue corriendo.
Una parte de mí perdió las ganas. Otra exige resolverlo todo antes de acostarme.
Desde afuera quizás parezca que «no estoy haciendo nada». Por dentro, llevo horas intentando sostenerme.
Hay cansancios que necesitan una conversación más cuidadosa.

08 / 13
Por fuera estoy sentado, contestando una pregunta o esperando mi turno.
Por dentro, mi película ya tiene sirenas, evacuación y comité de emergencia.
Qué difícil explicar ese desborde cuando alrededor todo parece tranquilo.
Antes de decirle a alguien «cálmate», podemos ofrecerle algo más útil: presencia, respeto y disposición a escuchar.

09 / 13
He vuelto a revisar aquella conversación. Ya preparé siete respuestas excelentes.
Lástima que ocurrió hace tres años.
Darle vueltas a algo puede ocupar una tarde completa y dejarnos exactamente donde empezamos, pero más cansados.
A veces necesitamos ayuda para encontrar una salida de esa conversación interminable que mantenemos con nosotros mismos.

10 / 13
Apago la luz y mi mente inaugura una reunión extraordinaria.
Primer punto: aquella vergüenza del colegio. Segundo: todo lo que podría salir mal mañana. Tercero: revisar mi existencia completa.
Sin horario de término, por supuesto.
Si tus noches se parecen demasiado a esto, ese cansancio también merece atención durante el día.

11 / 13
Hice nueve cosas bien. Mi juez interior solicitó revisar exclusivamente la décima.
Siempre encuentra algo: faltó esfuerzo, sobró descanso, alguien lo habría hecho mejor.
Convivir con esa voz puede volver insuficiente hasta un buen día.
Quizás valga la pena preguntarnos de quién aprendimos a hablarnos así… y cómo queremos empezar a tratarnos.

12 / 13
Tu historia contiene mucho más que aquello que hoy te cuesta.
También están tus afectos, tu humor, tus intentos, lo que has construido y esas partes de ti que el cansancio a veces deja fuera de vista.
Puedes reconocer lo que te pasa sin reducir toda tu identidad a ello.
Pedir compañía también es una forma de cuidarte.

13 / 13
Hay conversaciones que postergamos porque no sabemos por dónde empezar.
«Me cuesta dormir». «Estoy sobrepasado». «Hace tiempo que no me siento como antes».
Puede bastar una frase sencilla para abrir un espacio.
Soy Joshua Pottstock, psicólogo clínico. Si buscas acompañamiento profesional, podemos conversar sobre lo que estás atravesando.
📍 Atención presencial en Curicó, online y a domicilio.
REFLEXIÓN · JOSHUA POTTSTOCK
En los cuentos, los monstruos suelen avisar que llegaron. Cruje una puerta, se apaga una luz, aparece una sombra demasiado larga en el pasillo.
En la vida adulta pueden ser bastante más discretos. Se sientan con nosotros a desayunar, nos acompañan al trabajo y esperan a que termine el día para hablar más fuerte. Algunos conocen nuestros horarios mejor que nosotros.
Uno nos recuerda todo lo que podría salir mal. Otro conserva un archivo impecable de nuestros errores. Hay uno que desconfía de cualquier alegría, como si disfrutar fuera una imprudencia. Y está ese pequeño funcionario de la exigencia que, después de una jornada agotadora, todavía pregunta: «¿Eso fue todo?».
En esta colección les dimos forma de monstruos. Quizás porque una imagen permite acercarse a algo que las palabras todavía no consiguen ordenar.
Lo curioso es cuánto esfuerzo dedicamos a esconderlos. Aprendemos a sonreír mientras estamos sobrepasados, a contestar «bien» para evitar explicaciones y a pedir disculpas cuando se nos quiebra la voz. Llegamos a tratar nuestro propio dolor como una falta de educación.
Con los demás también podemos ser bastante eficientes: «Supéralo», «no pienses tanto», «tienes que ser fuerte». Tres frases y dejamos al otro solo, pero correctamente instruido.
Podríamos intentar algo distinto. Escuchar sin apurar. Preguntar sin interrogar. Acompañar sin exigir una mejoría inmediata que nos quite la incomodidad.
Mirarnos con esa misma disposición también cuesta. Reconocer el miedo, la tristeza o la vergüenza puede tocar lugares que llevamos años evitando. Comprenderlos requiere paciencia; hacernos cargo de cómo actuamos con ellos requiere responsabilidad. Ambas cosas pueden encontrar espacio en una conversación honesta.
Este Halloween quisiera dejar una invitación sencilla: cuando alguien te muestre algo que le duele, cuida ese momento. Puede haber necesitado mucho valor para dejar de esconderlo.
Y si eres tú quien lleva tiempo ensayando cómo decirlo, puedes empezar como salga:
«Estoy cansado».
«Tengo miedo».
«Necesito hablar».
Hay frases pequeñas capaces de abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Joshua Pottstock
Psicólogo Clínico
Edición especial · Octubre 2026Salud mental
El costo humano de llegar tarde.
Pedir ayuda no debería convertirse en otra carga. Detrás de cada necesidad de atención existe una vida, una historia y alguien que merece ser escuchado antes de llegar al límite.
Cuatro miradas para este octubre: recursos y prioridades, acceso a atención, malestar invisible, escucha y dignidad.
Hay personas que siguen trabajando, estudiando, pagando cuentas y cuidando de otros mientras intentan sostenerse por dentro.
Desde afuera, parecen estar bien.
Pero cumplir con las obligaciones no siempre significa tener fuerzas. A veces significa sentir que no existe otra opción.
También hay personas que finalmente reúnen el valor para decir «necesito ayuda» y encuentran una nueva dificultad: conseguir atención, pagarla, hacerse tiempo o lograr que alguien tome en serio lo que les ocurre.
Pedir ayuda no debería convertirse en otra carga.
Cuando decimos que la salud mental importa, asumimos una responsabilidad: convertir esas palabras en recursos, atención oportuna y espacios donde las personas puedan hablar y participar de las decisiones sobre su propio cuidado.
Porque detrás de cada necesidad de atención existe una vida. Una historia. Una familia. Alguien que merece ser escuchado antes de llegar al límite.
Este octubre abordaremos cuatro preguntas que nos involucran como sociedad:
No necesitas tenerlo todo claro para buscar apoyo. Si no sabes por dónde comenzar, conoce NOEMA. Si necesitas atención profesional, puedes agendar una consulta conmigo.
NOEMA orienta: no diagnostica ni reemplaza la atención profesional.
Ps. Joshua Pottstock
Orientación psicológica para personas adultas. NOEMA no reemplaza la atención profesional.
Los cuatro ejes del especial. Cada afiche puede abrirse en tamaño completo.
01 / Recursos y prioridades
Las prioridades también se miden en acceso a atención.
¿No sabes por dónde empezar?
Conoce NOEMA Ver afiche completo
02 / Acceso a atención
Encontrar apoyo también es parte del cuidado.
Agenda tu consulta Ver afiche completo
03 / El malestar invisible
No necesitas tenerlo todo claro para buscar apoyo.
Pon en palabras lo que sientes.
Explora NOEMA Ver afiche completo
04 / Escucha y dignidad
Tu experiencia merece ser escuchada.
Agenda tu consulta Ver afiche completoUna serie de reflexiones sobre las ideas que repetimos sin examinarlas.
04 / Igualdad y autocuidado
Mismos derechos, oportunidades y obligaciones. Diferentes formas de sentir, vivir y procesar.
Hablemos de igualdad de género. Pero hablemos de igualdad completa.
Hombres y mujeres debemos tener la misma dignidad, los mismos derechos, las mismas oportunidades y también las mismas responsabilidades.
Eso no significa que seamos idénticos.
Nuestra historia, nuestra socialización, nuestras formas de expresar emociones, de vincularnos y de procesar lo que vivimos pueden ser diferentes. Y reconocer esas diferencias no significa establecer que uno valga más que el otro.
El problema aparece cuando comenzamos a medir esas diferencias con una doble vara.
Si una mujer necesita tiempo para sí misma, solemos hablar de autocuidado.
Pero cuando un hombre necesita unas horas para correr, arreglar algo con sus manos, jugar con amigos, estar solo o simplemente desconectarse, con demasiada facilidad puede interpretarse como egoísmo, desinterés o pérdida de tiempo.
Y quizá estamos olvidando algo importante:
No todas las personas se regulan emocionalmente de la misma manera.
A veces alguien habla.
A veces alguien llora.
A veces alguien necesita silencio.
Y a veces un hombre que está reparando una silla, corriendo diez kilómetros o compartiendo con sus amigos no está perdiendo el tiempo.
Quizás está intentando encontrarse nuevamente consigo mismo.
La igualdad no debería obligarnos a negar nuestras diferencias. Debería impedir que esas diferencias se conviertan en privilegios para unos y obligaciones para otros.
Si ella necesita su espacio, él también.
Porque igualdad no es identidad.
LO QUE NADIE QUIERE DECIR.
Ps. Joshua Pottstock
01 / VínculosReflexión
Al menos, no como suele venderse.
Durante siglos, el amor ha sido presentado como algo eterno, incondicional y moralmente puro. Una fuerza capaz de volver honestas a las personas, superar cualquier dificultad y encontrar siempre una manera de permanecer.
Es una mentira hermosa.
El amor es una experiencia humana: tiene cuerpo, biografía y contexto. No nos vuelve infalibles ni hace que cualquier vínculo sea bueno para nosotros.
Sentir amor puede ser real. La promesa de que ese sentimiento basta para sostenerlo todo merece ser revisada.
02 / Vida cotidianaReflexión
Al menos, muchas de sus condiciones.
«El dinero no compra la felicidad» es una frase hermosa. Especialmente cuando nunca se ha tenido que elegir entre pagar una cuenta, comprar medicamentos o alimentar a una familia.
El dinero no compra todo. No garantiza afecto, no devuelve a quien murió ni elimina la soledad.
Pero paga vivienda, alimentación, tratamiento y descanso. También compra algo menos visible: margen de decisión.
Hablar de bienestar exige mirar las condiciones materiales en las que intentamos construirlo.
03 / CreenciasReflexión
El alivio y la verdad son preguntas distintas.
Que algo te haga sentir mejor no lo vuelve verdadero.
Una explicación puede tranquilizarte. Un ritual puede devolverte cierta sensación de control. Una historia bien construida puede ayudarte a ordenar el caos.
El alivio puede ser completamente real. La explicación que lo acompaña, no necesariamente.
«Me hizo bien» describe una experiencia personal válida. «Por lo tanto, todo lo que me dijeron es verdad» es una conclusión completamente distinta.
Serie visual · ¿Y si fuera físico?
Una serie que pone en imágenes aquello que suele minimizarse cuando no deja marcas visibles.
A nadie le pediríamos que caminara con una fractura para demostrar voluntad. Sin embargo, frente al dolor psicológico todavía abundan el «anímate» y el «pon de tu parte».
Hacer visible esa contradicción permite hablar de salud mental con la misma seriedad, cuidado y humanidad.
Tips para…
Orientaciones breves para reconocer señales, abrir conversaciones y acompañar sin minimizar.
Pregunta. Hablar directamente no induce una idea: puede abrir una puerta para pedir ayuda.
Escucha. No discutas el dolor ni intentes resolverlo con una frase rápida.
Quédate. Ayuda a conectar con una persona de confianza o con atención profesional.
Serie · No lo normalices
Una invitación a reconocer aquello que hemos aprendido a tolerar solo porque ocurre todos los días.
Seguir funcionando no significa necesariamente estar bien. La soledad puede convivir con el trabajo, las rutinas y una sonrisa que nadie se detiene a mirar.
No esperemos a que alguien colapse para tomar en serio lo que lleva tiempo intentando decir.
08 Monólogos y videos
Psicología, historia y pensamiento en formato audiovisual.
Un recorrido por el ritmo de nuestra evolución y la velocidad de la cultura.
Esta serie no busca la nostalgia de un pasado más simple. Pregunta qué ocurre cuando el mundo cultural cambia mucho más rápido que el cerebro que intenta habitarlo.
Si comprimiéramos la historia humana en un solo día, casi todo transcurriría lentamente. Nuestro organismo fue modelado en ese tiempo largo, muy lejos de la aceleración contemporánea.
La agricultura y la vida sedentaria no solo cambiaron el lugar donde vivíamos. Transformaron la organización social, el trabajo, los vínculos y la relación con nuestro entorno.
Los símbolos y la escritura permitieron dejar memoria fuera del cuerpo. Desde entonces, cada generación pudo comenzar con una parte de lo que la anterior había aprendido.
La imprenta, la ciencia y la tecnología aceleraron el reloj cultural. El conocimiento comenzó a circular y multiplicarse a una velocidad inédita.
En los últimos segundos del reloj, la aceleración digital supera nuestra capacidad psicológica de adaptación. La pregunta ya no es solo cuánto podemos crear, sino cómo aprenderemos a vivir con ello.
Textos audiovisuales para poner palabras allí donde suele instalarse el silencio.
Cuando la ayuda se convierte en otra forma de daño.
Ver en YouTubeCuanto más conozco a las personas, más amo a los perros.
Ver en YouTube
Hay ayudas que no liberan… endeudan.
Hay ayudas que no liberan. Ayudas que vienen con memoria, con intereses y con una deuda que nadie te avisó que estabas contrayendo.
Porque una cosa es tender la mano. Otra muy distinta es usar esa mano para sujetar al otro.
Y a veces el dinero no cambia a las personas. Solo les da suficiente poder para mostrar quiénes eran.
La pregunta incómoda es esta:
¿Ayudas para que el otro crezca… o para que nunca deje de necesitarte?
NOEMA · Escucha. Explora. Comprende. Orienta.
El tiempo, la repetición y la posibilidad de elegir cómo vivir.
En El día de la marmota, Phil Connors despierta una y otra vez en el mismo día. Esa repetición abre una pregunta: ¿qué hacemos con la vida cuando dejamos de actuar como si el tiempo fuera infinito?
Heidegger, Nietzsche y el cine se encuentran en esta reflexión sobre nuestra finitud y la forma en que habitamos cada día.
Te estás muriendo. La buena noticia es que todavía estás vivo.
¿Cómo quiero vivirla mientras todavía estoy aquí?
NOEMA · Escucha. Explora. Comprende. Orienta.
Emoción, razón y cerebro.
Nos gusta pensar que decidimos desde la lógica, pero nuestro cerebro no funciona como una máquina puramente racional.
La amígdala, la ínsula, el hipocampo, la corteza prefrontal y los circuitos de recompensa participan constantemente en la manera en que interpretamos, valoramos y elegimos.
Muchas veces creemos estar analizando una situación cuando, en realidad, ya hemos tomado una decisión emocional y solo estamos buscando argumentos para justificarla.
También confundimos placer con felicidad. La dopamina puede impulsarnos a buscar, repetir y perseguir recompensas, pero una descarga placentera no equivale necesariamente a bienestar.
Y existe una recompensa especialmente adictiva: tener razón.
Podemos ganar una discusión, sentir que vencimos y, al mismo tiempo, destruir un vínculo que nos importaba.
La inteligencia emocional no consiste en dejar de sentir ni en renunciar siempre a nuestras convicciones. Consiste en reconocer qué emoción está tomando el control antes de obedecerla.
A veces la pregunta no es quién tiene razón.
Es qué estamos dispuestos a perder para demostrarlo.
Inspirado en los planteamientos divulgativos de Estanislao Bachrach y desarrollado desde una mirada psicológica y neurobiológica.
La intensidad emocional no es falta de voluntad.
Vivir con TLP puede implicar emociones intensas, temor al abandono y dificultades para sostener una imagen estable de uno mismo. No se comprende reduciéndolo a rebeldía o manipulación: requiere comprensión y tratamiento.
La salud mental también atraviesa los vínculos.
Un trastorno de personalidad no ocurre en el vacío. Las familias también necesitan comprensión, límites, acompañamiento y un lenguaje que les permita cuidar sin desaparecer dentro del cuidado.
Más allá de los cambios de ánimo cotidianos.
El trastorno bipolar no es una forma intensa de cambiar de opinión ni una etiqueta para los días difíciles. Es una condición clínica compleja, y cada persona la vive desde una historia distinta.
Lo que evitamos también aprende a perseguirnos.
Huir de tus monstruos en los sueños garantiza que seguirás siendo una presa en la vida real. Mirarlos no significa obedecerles: significa empezar a comprender de qué están hechos.
Una identidad convertida en vitrina.
Chile no ha construido una identidad: ha construido una vitrina. Aprendimos a evaluar la vida por lo que muestra, incluso cuando lo que sostiene esa imagen empieza a vaciarse.
Cuando crecer empieza a sentirse demasiado pesado.
Hay niños y adolescentes cansados de pensar, de sentir y de seguir intentando. No es dramatismo ni falta de carácter: es una señal que los adultos tenemos la responsabilidad de escuchar.
Cuando la apariencia ocupa el lugar de la experiencia.
Parecer fuerte, exitoso o feliz puede convertirse en un trabajo de tiempo completo. El costo aparece cuando ya no sabemos si estamos viviendo o administrando la imagen de alguien que debería estar bien.
La exclusión también puede borrar a una persona.
Hay muertes sociales que comienzan antes que la muerte física: cuando una persona sigue presente, pero deja de ser mirada, escuchada o considerada parte del mundo común.
Una carta de un padre a sus hijos.
«El primer día en que llegaste al mundo, firmé un papel que decía que existías…». Entre aquel comienzo y el último día, quisiera dejarte algo más duradero que mis respuestas.
Crecer no borra lo que quedó pendiente.
La infancia no desaparece cuando aprendemos a pagar cuentas y a decir que estamos bien. A veces sigue esperando la escucha, la protección y el cuidado que entonces no pudieron llegar.
09 Podcast · Spotify
Psicología, filosofía y una invitación a pensar con Joshua Pottstock.
PODCAST · SPOTIFY
Psicología, filosofía y preguntas que importan.
Un espacio de reflexión conducido por Joshua Pottstock, psicólogo clínico, perito forense y escritor.
A través de la psicología, la filosofía, la neurociencia, la historia y el pensamiento crítico, exploramos nuestras contradicciones, creencias y certezas.
No buscamos respuestas fáciles, sino aprender a formular mejores preguntas.
🎙️ ¿Y si algunas de las cosas de las que estamos más seguros fueran precisamente aquellas que más necesitamos cuestionar?
Durante años he dedicado parte de mi vida a intentar comprender al ser humano, sus emociones, sus contradicciones y esa curiosa facilidad que tenemos para confundir nuestras convicciones con la verdad.
Hoy quiero invitarlos a un nuevo espacio.
LA DUDA NECESARIA, mi nuevo podcast en Spotify.
Un lugar donde la psicología, la filosofía, la neurociencia y la historia se encuentran para explorar aquellas preguntas que muchas veces preferimos evitar.
Aquí no encontrarás recetas para ser feliz ni respuestas definitivas.
Encontrarás reflexiones, preguntas incómodas y distintas maneras de observar nuestra condición humana.
Porque no se trata de decirte qué pensar.
Se trata de atrevernos a pensar.
Cuando la ayuda se convierte en otra forma de daño. El complemento de la entrega 05 del Cuaderno semanal.
La presentación del podcast y de las preguntas que guían este espacio.
El amor, la lealtad y nuestra crueldad. El complemento de la entrega 04 del Cuaderno semanal.
10 NOEMA
Gratuita · Para mayores de 18 añosEscucha. Explora.
Comprende. Orienta.
No siempre sabemos cómo explicar lo que sentimos. NOEMA te ayuda a ponerlo en palabras, explorar lo que te pasa y reconocer un siguiente paso.
Una aplicación de orientación psicológica inicial creada en Curicó por el psicólogo Joshua Pottstock. Puedes usarla para orientarte y como una herramienta cotidiana de cuidado.
Escribe a tu manera. Las preguntas progresivas ayudan a explorar tu experiencia, sin exigir términos técnicos.
Registra cómo te sientes y vuelve a mirar tus estados de ánimo a lo largo del tiempo.
Encuentra recursos para acompañar momentos difíciles y cuidar tu bienestar en la vida cotidiana.
Encuentra opciones de apoyo profesional y el apartado de Ayuda inmediata cuando lo necesites.
NOEMA orienta; no diagnostica. No reemplaza la psicoterapia, a profesionales de salud ni a los servicios de urgencia. Lo que escribes en la aplicación no es leído por una persona en tiempo real.
En tu celular o computador
Abre la aplicación desde esta página y añádela a tu dispositivo. Tendrás un acceso directo para registrar tu ánimo, usar ejercicios o retomar tu orientación.
Abrir e instalar NOEMATambién puedes usarla desde el navegador, sin instalarla. Para comenzar, crea tu cuenta y revisa el consentimiento informado.
Android · Chrome: abre NOEMA, toca el menú de tres puntos y elige Instalar y crear acceso directo → Instalar. Según tu versión puede aparecer como Instalar aplicación o Añadir a pantalla principal.
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Computador · Chrome: abre NOEMA y usa el icono de instalación de la barra de direcciones. Si no aparece, abre el menú y elige Transmitir, guardar y compartir → Instalar página como app.
Si llegaste desde Instagram o Facebook, abre primero esta página en Chrome o Safari. Los nombres de las opciones pueden variar según tu dispositivo y navegador.
Acceso oficial desde joshuapottstock.cl. NOEMA se instala como aplicación web; no necesitas descargar un archivo APK.
El siguiente paso puede ser una persona
Soy Joshua Pottstock, psicólogo clínico y perito forense. Si necesitas una consulta conmigo, puedes solicitar una hora o revisar la agenda. Hablar con NOEMA no reserva una sesión ni me envía automáticamente tu relato.
La atención humana tiene horarios. Por las noches también necesito descansar. Los mensajes recibidos fuera de mi jornada se responden cuando retomo la atención, según disponibilidad.
El uso de NOEMA es gratuito. La atención profesional se agenda por separado.
La aplicación sigue creciendo
Comenzamos con orientación inicial, registro de ánimo, ejercicios y acceso a ayuda. Aquí publicaremos las novedades y mejoras de la aplicación.
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Cuéntanos qué herramienta te sería útil, qué te cuesta usar o qué mejorarías. Puedes enviar tu sugerencia directamente a Joshua.
El enlace abre WhatsApp o tu correo para que escribas y envíes tu idea. Este canal es para sugerencias sobre la aplicación; para solicitar atención, utiliza la agenda o el contacto de consulta.
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